viernes, 26 de febrero de 2021

La inmunización contra la CoVID19 en algunos países de América Latina incluyendo al Ecuador

 

FUENTE: https://es-la.facebook.com/ainazcartoon/photos/pb.1454317661457397.-2207520000../2626329290922889/?type=3&theater


En Ecuador, el día de hoy, ha renunciado el Ministro de Salud

 

Juan Carlos Zevallos renunció al Ministerio de Salud.

En Ecuador se aplica la fase 0 de la vacunación contra el coronavirus para personal sanitario que trata la pandemia y adultos mayores de centros geriátricos. 

Juan Carlos Zevallos renunció al Ministerio de Salud a poco menos de un mes de cumplir un año en sus funciones. Ingresó al Gobierno el 21 de marzo de 2020 para remplazar en el cargo a Catalina Andramuño. La salida de Zevallos la confirmó el presidente de la República, Lenín Moreno.

Horas antes, el Gobierno negó una supuesta lista de beneficiarios de las vacunas en contra del coronavirus que circula en redes sociales. La Secretaría de Comunicación de la Presidencia de la República sostuvo que el supuesto documento es falso. En su cuenta de Twitter, el ministro de Telecomunicaciones, Andrés Michelena, sostuvo que la bajeza no tiene límites. Michelena adjuntó un tuit del periodista Miguel Rivadeneira, quien negó haber recibido la vacuna e indicó que se contagió de coronavirus y adjuntó una prueba de laboratorio. 

Aduciendo confidencialidad, el Gobierno no ha dado a conocer el listado de las personas que hasta el momento han sido inoculadas. Desde enero pasado, en Ecuador se lleva adelante el plan de vacunación contra el COVID-19. De acuerdo con el Ministerio de Salud, la fase inicial incluye a personal sanitario que atiende la pandemia en los hospitales y a adultos mayores que viven en centros gerontológicos y quienes los cuidan.

En días pasados esa Secretaría de Estado invitó a rectores universitarios a ser parte de un listado oficial de la vacunación masiva. Varios se negaron. 

La gestión de Zevallos ha sido cuestionada desde diferentes sectores.

En las últimas horas se conoció que el radiodifusor Diego Oquendo Silva recibió la vacuna, quien lo confirmó en redes sociales y lo justificó al manifestar que es una persona de 83 años y que padece de diabetes. 

En contra de Zevallos se presentaron varias denuncias en la Fiscalía por la distribución de las vacunas y en el plano político en la Asamblea se planteó juicios políticos.

 

FUENTE: https://www.eluniverso.com/noticias/ecuador/plan-de-vacunacion-contra-el-coronavirus-en-ecuador-nota-3/

 

sábado, 20 de febrero de 2021

martes, 9 de febrero de 2021

En Provo, Utah, nuestro amigo Rufino ha muerto

 


Mariano Rufino Rodríguez, quien trabajó como terapeuta respiratorio en la unidad de cuidados intensivos para recién nacidos del Utah Valley Hospital en la ciudad de Provo en Utah, Estados Unidos, durante décadas luchando por todos los bebés ayudando a salvar a muchísimos de ellos, murió en ese hospital el sábado 23 de enero de 2021 por complicaciones del COVID-19. Tenía 65 años.

El hijo de Rufino Rodríguez, Rufino Stephan Rodríguez, dijo el lunes que su papá venía de una familia numerosa -era uno de nueve hermanos- y en el hospital, “trabajó en las trincheras con todos sus compañeros durante tanto tiempo que piensan en él como parte de su familia también".

En junio pasado, cuando cumplió 65 años, habló con su hijo sobre la jubilación, pero dijo que no podía abandonar a sus compañeros de trabajo en medio de una pandemia. "No puedo dejarlos cuando me necesitan", recuerda su hijo que dijo.

Mariano Rufino Rodríguez nació en Guatemala el 22 de junio de 1955. Se graduó en la escuela de medicina de Guatemala, antes de emigrar a Estados Unidos en la década de los ochenta para buscar asilo político. Los reguladores de Estados Unidos no aceptaron su título de médico guatemalteco, dijo su hijo, así que se formó con el Dr. Stephen Minton, fundador de la UCI para recién nacidos del Utah Valley Hospital, para convertirse en terapeuta respiratorio. “La UCIN puede ser un lugar estresante. Tenemos bebés muy prematuros y básicamente todos los bebés enfermos van a una unidad de cuidados intensivos para recién nacidos”, dijo Minton el lunes. “Rufino era una de esas personas que traen luz a una habitación. Tenía un gran sentido del humor. Estaba muy bien informado y ayudaría a cualquiera ". En particular, dijo Minton, Rodríguez “podía identificarse bastante bien con los padres y desarrollar relaciones con ellos, especialmente con nuestros padres de habla hispana. Se convertía en un amigo íntimo de los padres y eso los ayudaba a superar el estrés ".

Poco después de unirse al Utah Valley Hospital, Rodríguez se incorporó al equipo de transporte de la UCIN, volando en helicóptero para llevar pacientes gravemente enfermos al hospital, dijo Minton.

En el Utah Valley Hospital, la pandemia "ha sido un gran estrés para la UCIN", dijo Minton. Durante meses, los médicos no estuvieron seguros de si las madres podían transmitir el virus a sus bebés, ya sea antes o después del nacimiento, dijo. A veces, cuando una madre había dado positivo por COVID-19, no podía visitar a su bebé en la UCIN.

El 17 de diciembre de 2020, Rodríguez le informó felizmente a su hijo que recibió la primera dosis de la vacuna COVID-19. Pero el 21 de diciembre de 2020 dio positivo por COVID-19. El día de Navidad, fue ingresado en la sala de emergencias del Utah Valley Hospital y el día 26 de diciembre le pusieron un respirador.

"Cuando alguien a quien amas está conectado al ventilador y eres responsable de su cuidado, todos los días se convierten en números", dijo el joven Rodríguez. “Preguntas por sus niveles de glucosa, su frecuencia cardíaca, su frecuencia respiratoria, la configuración de su ventilador. Preguntas sobre sus gases en sangre. ... Toda tu vida se trata de actualizaciones y del seguimiento de los números ".

El 29 de diciembre, mientras Rodríguez estaba en el hospital, su padre y compañero de casa, Felicito Rufino Rodríguez, murió a los 94 años. El joven Rodríguez dijo que no saben con certeza si su abuelo murió de COVID-19.

El joven Rodríguez y su esposa, Catelyn, monitoreaban la situación de su padre de manera remota, desde Minnesota. Las enfermeras le habían dicho que no tenía sentido venir a Utah todavía, porque no se les permitiría ingresar al hospital para visitarlo y le confirmaron que: “La única vez que le diremos que venga a visitarnos será por dos razones: una es para ayudarnos a llevarlo a los cuidados de transición, porque lo logró, y la otra es para venir a despedirse”.

El miércoles 20 de enero, el hijo de Rodríguez recibió esa llamada y él y su esposa volaron desde Minnesota; al día siguiente él estaba junto a la cama de su padre.

El sábado por la noche, dijo Minton, unos 280 de los colegas de Rodríguez se reunieron frente al Utah Valley Hospital para rendir homenaje a su amigo. Muchos de ellos sostenían laringoscopios encendidos, las herramientas iluminadas que se usan para intubar a los bebés, y los iluminaban hacia la habitación de Rodríguez, "porque siempre traía luz a la habitación cuando estaba allí", dijo Minton.

No lo logró, luchó duro, pero sus pulmones no pudieron recuperarse. En el hospital dijeron que unos 30.000 bebés pasaron por la UCIN mientras Rodríguez trabajó allí.

A las 6:45 p.m. del 23 de enero del 2021, un helicóptero LifeFlight en camino a una llamada, se cernió brevemente frente a la habitación del hospital de Rodríguez. A su regreso, a las 8:30 p.m., el piloto enfocó el foco del helicóptero hacia su habitación. En ese momento, dijo su hijo, el corazón de Rodríguez latió por última vez.

“Dije: 'Un último vuelo para ti, papá'”, dijo el hijo de Rodríguez entre lágrimas.

A Rodríguez le sobreviven su hijo, Rufino Stephan, y su nuera, Catelyn; tres hermanas, Rosa, Mercedes y Amelia; y tres hermanos, Víctor, Billy (que vivía con Rufino y su padre en Provo) y Carlos. Otro hermano, Freddy, murió anteriormente.

 

FUENTE: https://www.sltrib.com/news/2021/01/26/this-utah-respiratory/

 

jueves, 28 de enero de 2021

En México, la muerte de Jorge López no debió haber ocurrido

 

Por Beatriz Guillén


Jorge Alejandro López Rivas falleció a las 17:40 del 4 de enero en la sala donde 29 días antes se había contagiado de coronavirus. Los que habían sido sus compañeros trataron de reanimarlo durante 40 minutos. No contaban con guantes ni equipo de protección ni catéteres ni laringoscopio ni medicamentos para inducir el coma y no funcionaba la toma de oxígeno. Jorge tenía 29 años y era médico interno de pregrado en el hospital Doctor José María Rodríguez, en Ecatepec, al norte de Ciudad de México. Quería ser cirujano. Murió debido a complicaciones de la CoVID-19 después de ser obligado a trabajar cuando ya estaba enfermo. Jorge, que era hincha de las Chivas, tenía la sonrisa ancha y una pasión dedicada, compraba de su bolsillo las gasas cuando faltaban y se dormía el último en las guardias. Alegre e inteligente, tenía repletas las ganas. Dicen sus compañeros, su familia, sus jefes, todo el mundo dice, que su muerte no debió haber ocurrido.

 

La historia arranca el 6 de diciembre del 2020. Jorge se encontraba en el Servicio de Urgencias. En la sala de choque un paciente convulsiona y los doctores tratan, agolpados, de reanimarlo. El hombre se muerde la lengua, escupe sangre en la cara de Jorge que se encontraba ese día, como otros, en primera línea, que no tenía ese día, como otros, más protección que el cubrebocas. Ni rastro de caretas, ni mucho menos de los Equipos de Protección Integral (EPI).

 

Al terminar, se lava la cara, los lentes, se arregla la bata. Después, esos médicos que trabajan sin descanso de forma gratuita se repiten el mantra de tantos días de pandemia: pues ojalá y no pase nada. “No era la primera vez que un paciente sospechoso o diagnosticado de CoVID-19 nos escupía o nos tosía o teníamos contacto con sus fluidos”, cuenta una compañera de Jorge, que prefiere mantener el anonimato para evitar represalias.

 

Por disposición oficial, en marzo de 2020, se estableció que los médicos en prácticas no podían rotar por servicios de alto riesgo como urgencias, medicina interna o triaje. El Instituto de Salud del Estado de México mantiene que los internos de sus hospitales no trabajan en esas zonas —especifica, incluso, que Jorge no laboraba allí—, que no realizan maniobras de reanimación cardiopulmonar ni están expuestos a los aerosoles de pacientes. “No debíamos estar ahí, pero estábamos. El hospital no lo respetó”, aseguran los compañeros. “Sí estaban en Urgencias. No hay suficiente personal”, confirma un médico adscrito al Hospital General de Ecatepec.

 

A Jorge lo trasladaron desde Cirugía a Urgencias en noviembre. Estaba preocupado, temía contagiarse él o su familia. “Nosotros casi no salimos, yo tengo dos niños y solo vamos por despensa o por alguna necesidad. Hasta el mismo dinero lo lavamos”, cuenta su hermana, Sharon López, que añade: “Jorge sabía que iba a estar al pie del cañón y que, para México, diciembre y enero iba a ser lo más difícil”. En estos últimos meses, la cifra de casos en el país se ha disparado y ha colapsado los hospitales, las ventas de oxígeno, las urgencias, los doctores. En junio, Jorge terminaba sus prácticas.

 

“El 12 de diciembre, me acuerdo porque era el día de la Virgen, Jorge llegó a la guardia y ya tenía diarrea, dolor de cabeza y de ojos, cansancio”, recuerda una interna. Esa fue la primera de las tres visitas que Jorge realizó a la unidad de valoración del hospital. El médico encargado consideró que no tenía nada y que debía continuar con su guardia.

 

Tres días más tarde, la situación de Jorge empeoró: tenía más de 38 grados de temperatura, perdió el olfato, le dolían los músculos. “El doctor del triaje respiratorio considera que no cumple los criterios para CoVID. No tenía fiebre en ese momento porque había tomado paracetamol en casa”, se queja su pareja, Yuriko Montaño. Le mandan una placa torácica y una prueba PCR, que debe hacerse en otro hospital, en Las Américas. “Le dijeron que no se veía tan mal”, añade una compañera, y llora.

 

El 18 de diciembre, Jorge volvió a su última guardia y puso de nuevo su situación en conocimiento del servicio de Urgencias, Epidemiología y Enseñanza. Este último, que debe velar por los jóvenes que se forman para ser doctores, refiere que sin una prueba PCR positiva o sin la valoración de la unidad del hospital, Jorge no puede recibir la incapacidad y tiene que seguir trabajando. El resultado de la prueba sigue sin llegar, pero a Jorge le duele ya la espalda y el pecho, le cuesta respirar. Si se iba, estaría incumpliendo su labor, se consideraría una falta injustificada, le advierten. “Estos hijos de la chingada quieren que me quede a la guardia”, le cuenta enojado a su pareja. “Si a mí que trabajo aquí me valoran así, ¿qué pueden esperar las personas que vienen de fuera?”, pregunta. Pero lo intenta y se queda hasta que empeora. Sus compañeros lo cubren.

 

“Las personas que lo valoraron cometieron un error garrafal, ya sea por ignorancia o por negligencia. No debió haber ocurrido”, dice un médico del hospital, que prefiere no revelar su nombre. ¿Por qué no fue diagnosticado cuando presentaba los síntomas clásicos, repetidos hasta la saciedad? “Porque quién les iba a sacar el trabajo. Les cargaban con casi todo a ellos”, contesta, a su parecer, Montaño.

 

Al día siguiente, que era sábado —y después de consultar a un médico particular, que afirmó sin dudas el diagnóstico por CoVID—, Jorge ya pasaba las horas aferrado a un tanque de oxígeno suplementario de 9.500 litros. “Fueron días muy difíciles, sobre todo en la noche, le costaba trabajo respirar. Apenas dormíamos, él por ratos, pero yo no podía, vigilaba que siguiera respirando. La fiebre no cedía”, relata su pareja. Jorge, que trabajaba en un hospital, no quiso ir a uno. “Son tantos los pacientes que no dan abasto para cuidarlos a todos como se debe”, dicen que dijo.

 

Llegó la Navidad, la jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, advertía contra las fiestas, las posadas, suplicaba quedarse en casa. En este departamento de la Gustavo Madero fue un día corriente en la rutina de la enfermedad. Cenaron caldo de pollo, Jorge quiso ver la misa, se acostaron temprano. Pronto, la fiebre desapareció. “Pero el daño pulmonar ya estaba hecho. Si se quitaba el oxígeno, desaturaba hasta 45%. A mí me asustaba, es la mejoría de la que hablan antes de... la mejoría que no quieres”, dice quebrada su novia. “Él decía que no se quería morir, siempre fue muy positivo, pero sí hizo hincapié, que él no, que él no”, cuenta su hermana.

 

Todas esas jornadas, esas guardias que no hizo, a Jorge le contaron como faltas injustificadas en su labor como interno del hospital general de Ecatepec.

 

El 4 de enero Jorge dejó de aguantar con 10 litros de oxígeno al minuto. “Me tomó la mano, me miró: ‘Ya me cansé, llévame al hospital’. Y fue cuando lo llevamos”. Llegó inconsciente. “Su familia nos avisó que lo iban a traer para que lo esperáramos, porque venía muy grave. No saturaba más de 65%, lo metieron directo a sala de choque. Corrimos a conseguir catéter central, guantes... Las enfermeras eran muy pocas, el laringoscopio no servía, la toma de oxígeno no funcionaba, no había el equipo de protección personal. Fue horrible. Lo trataron de reanimar por 40 minutos y luego salieron, pues que no se había logrado”, relata seguido, y después se rompe, una compañera y amiga de Jorge. Minutos después de su muerte llegó la prueba PCR positiva, la misma que Jorge estuvo esperando durante 20 días para poder acreditar en el hospital su incapacidad por CoVID-19. “Parecía un mal chiste”.

 

“Fue un golpe muy duro. Era un chico dedicado, con mucha iniciativa, muchas ganas, con deseos de ayudar. Supuso darnos cuenta otra vez de que estamos en riesgo constante”, explica al otro lado del teléfono el médico del hospital. En total, dice, han fallecido más de una decena de compañeros durante esta pandemia: tres urgenciólogos, un jefe de anestesia, varias enfermeras... México registra la tasa de mortalidad más alta del mundo entre personal médico a causa de la covid-19.

 

Los trabajadores del hospital de Ecatepec mantienen que la pandemia solo ha agravado una situación habitual de escasez de recursos. “Nosotros compramos nuestro material, nos hacemos cooperaciones para adquirir mascarillas, caretas...”, señalan. La vacuna ha aliviado parte del desánimo del gremio —los trabajadores de este hospital ya han recibido su primera dosis—, pero no pueden quitarse la sensación de que esta es una guerra que andan perdiendo.

 

Tras la noticia, la Facultad de Estudios Superiores de Iztacala, responsable de los internos, decidió retirar a todos los médicos de prácticas del hospital. Estos piden volver, para seguir aprendiendo, pero con condiciones de seguridad para ellos y sus familias. Hasta el momento ni las autoridades de Salud del Estado de México ni del hospital Doctor José María Rodríguez se han puesto en contacto con los familiares de Jorge. El padre, de 57 años, se encuentra ingresado en el hospital con CoVID-19, contagiado después de noches de cuidar a su hijo. Lo reportan como “delicado”.

 

El Instituto de Salud del Estado de México (ISEM) ha contestado a este periódico que “el asunto se ha turnado al Órgano Interno de Control, el cual llevará a cabo la investigación correspondiente”. Además, por toda explicación añade que se ha informado a Héctor Flores Mercado, director del hospital General de Ecatepec, y a la doctora María del Carmen Ramírez Buendía, jefa de la División de Enseñanza e Investigación del mismo, de “un extrañamiento que se da por vulnerar los derechos de los internos al no dar atención y transgredir las instrucciones giradas por la autoridad competente en materia de Médicos Internos de Pregrado durante la contingencia por SARS-CoV-2″. La respuesta que el hospital da al ISEM es que la exploración que se realizó el 15 de diciembre a Jorge Alejandro López Rivas “arrojó un diagnóstico de posible infección en vías respiratorias sin datos de alarma”.

 

Los familiares de Jorge, que han puesto el caso en manos de un bufete jurídico, piden destituciones. “Justicia para él por la negligencia, por el abuso, por haberle tenido trabajando, por no haberle dado nunca atención”, dice su hermana. “Si ese es el cuidado que tenemos con nuestros médicos, no va a haber quién nos cuide ni quién nos salve de esta pandemia”.

 

FUENTE: https://elpais.com/mexico/sociedad/2021-01-27/las-tres-negligencias-que-mataron-a-jorge.html