jueves, 28 de enero de 2021

En México, la muerte de Jorge López no debió haber ocurrido

 

Por Beatriz Guillén


Jorge Alejandro López Rivas falleció a las 17:40 del 4 de enero en la sala donde 29 días antes se había contagiado de coronavirus. Los que habían sido sus compañeros trataron de reanimarlo durante 40 minutos. No contaban con guantes ni equipo de protección ni catéteres ni laringoscopio ni medicamentos para inducir el coma y no funcionaba la toma de oxígeno. Jorge tenía 29 años y era médico interno de pregrado en el hospital Doctor José María Rodríguez, en Ecatepec, al norte de Ciudad de México. Quería ser cirujano. Murió debido a complicaciones de la CoVID-19 después de ser obligado a trabajar cuando ya estaba enfermo. Jorge, que era hincha de las Chivas, tenía la sonrisa ancha y una pasión dedicada, compraba de su bolsillo las gasas cuando faltaban y se dormía el último en las guardias. Alegre e inteligente, tenía repletas las ganas. Dicen sus compañeros, su familia, sus jefes, todo el mundo dice, que su muerte no debió haber ocurrido.

 

La historia arranca el 6 de diciembre del 2020. Jorge se encontraba en el Servicio de Urgencias. En la sala de choque un paciente convulsiona y los doctores tratan, agolpados, de reanimarlo. El hombre se muerde la lengua, escupe sangre en la cara de Jorge que se encontraba ese día, como otros, en primera línea, que no tenía ese día, como otros, más protección que el cubrebocas. Ni rastro de caretas, ni mucho menos de los Equipos de Protección Integral (EPI).

 

Al terminar, se lava la cara, los lentes, se arregla la bata. Después, esos médicos que trabajan sin descanso de forma gratuita se repiten el mantra de tantos días de pandemia: pues ojalá y no pase nada. “No era la primera vez que un paciente sospechoso o diagnosticado de CoVID-19 nos escupía o nos tosía o teníamos contacto con sus fluidos”, cuenta una compañera de Jorge, que prefiere mantener el anonimato para evitar represalias.

 

Por disposición oficial, en marzo de 2020, se estableció que los médicos en prácticas no podían rotar por servicios de alto riesgo como urgencias, medicina interna o triaje. El Instituto de Salud del Estado de México mantiene que los internos de sus hospitales no trabajan en esas zonas —especifica, incluso, que Jorge no laboraba allí—, que no realizan maniobras de reanimación cardiopulmonar ni están expuestos a los aerosoles de pacientes. “No debíamos estar ahí, pero estábamos. El hospital no lo respetó”, aseguran los compañeros. “Sí estaban en Urgencias. No hay suficiente personal”, confirma un médico adscrito al Hospital General de Ecatepec.

 

A Jorge lo trasladaron desde Cirugía a Urgencias en noviembre. Estaba preocupado, temía contagiarse él o su familia. “Nosotros casi no salimos, yo tengo dos niños y solo vamos por despensa o por alguna necesidad. Hasta el mismo dinero lo lavamos”, cuenta su hermana, Sharon López, que añade: “Jorge sabía que iba a estar al pie del cañón y que, para México, diciembre y enero iba a ser lo más difícil”. En estos últimos meses, la cifra de casos en el país se ha disparado y ha colapsado los hospitales, las ventas de oxígeno, las urgencias, los doctores. En junio, Jorge terminaba sus prácticas.

 

“El 12 de diciembre, me acuerdo porque era el día de la Virgen, Jorge llegó a la guardia y ya tenía diarrea, dolor de cabeza y de ojos, cansancio”, recuerda una interna. Esa fue la primera de las tres visitas que Jorge realizó a la unidad de valoración del hospital. El médico encargado consideró que no tenía nada y que debía continuar con su guardia.

 

Tres días más tarde, la situación de Jorge empeoró: tenía más de 38 grados de temperatura, perdió el olfato, le dolían los músculos. “El doctor del triaje respiratorio considera que no cumple los criterios para CoVID. No tenía fiebre en ese momento porque había tomado paracetamol en casa”, se queja su pareja, Yuriko Montaño. Le mandan una placa torácica y una prueba PCR, que debe hacerse en otro hospital, en Las Américas. “Le dijeron que no se veía tan mal”, añade una compañera, y llora.

 

El 18 de diciembre, Jorge volvió a su última guardia y puso de nuevo su situación en conocimiento del servicio de Urgencias, Epidemiología y Enseñanza. Este último, que debe velar por los jóvenes que se forman para ser doctores, refiere que sin una prueba PCR positiva o sin la valoración de la unidad del hospital, Jorge no puede recibir la incapacidad y tiene que seguir trabajando. El resultado de la prueba sigue sin llegar, pero a Jorge le duele ya la espalda y el pecho, le cuesta respirar. Si se iba, estaría incumpliendo su labor, se consideraría una falta injustificada, le advierten. “Estos hijos de la chingada quieren que me quede a la guardia”, le cuenta enojado a su pareja. “Si a mí que trabajo aquí me valoran así, ¿qué pueden esperar las personas que vienen de fuera?”, pregunta. Pero lo intenta y se queda hasta que empeora. Sus compañeros lo cubren.

 

“Las personas que lo valoraron cometieron un error garrafal, ya sea por ignorancia o por negligencia. No debió haber ocurrido”, dice un médico del hospital, que prefiere no revelar su nombre. ¿Por qué no fue diagnosticado cuando presentaba los síntomas clásicos, repetidos hasta la saciedad? “Porque quién les iba a sacar el trabajo. Les cargaban con casi todo a ellos”, contesta, a su parecer, Montaño.

 

Al día siguiente, que era sábado —y después de consultar a un médico particular, que afirmó sin dudas el diagnóstico por CoVID—, Jorge ya pasaba las horas aferrado a un tanque de oxígeno suplementario de 9.500 litros. “Fueron días muy difíciles, sobre todo en la noche, le costaba trabajo respirar. Apenas dormíamos, él por ratos, pero yo no podía, vigilaba que siguiera respirando. La fiebre no cedía”, relata su pareja. Jorge, que trabajaba en un hospital, no quiso ir a uno. “Son tantos los pacientes que no dan abasto para cuidarlos a todos como se debe”, dicen que dijo.

 

Llegó la Navidad, la jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, advertía contra las fiestas, las posadas, suplicaba quedarse en casa. En este departamento de la Gustavo Madero fue un día corriente en la rutina de la enfermedad. Cenaron caldo de pollo, Jorge quiso ver la misa, se acostaron temprano. Pronto, la fiebre desapareció. “Pero el daño pulmonar ya estaba hecho. Si se quitaba el oxígeno, desaturaba hasta 45%. A mí me asustaba, es la mejoría de la que hablan antes de... la mejoría que no quieres”, dice quebrada su novia. “Él decía que no se quería morir, siempre fue muy positivo, pero sí hizo hincapié, que él no, que él no”, cuenta su hermana.

 

Todas esas jornadas, esas guardias que no hizo, a Jorge le contaron como faltas injustificadas en su labor como interno del hospital general de Ecatepec.

 

El 4 de enero Jorge dejó de aguantar con 10 litros de oxígeno al minuto. “Me tomó la mano, me miró: ‘Ya me cansé, llévame al hospital’. Y fue cuando lo llevamos”. Llegó inconsciente. “Su familia nos avisó que lo iban a traer para que lo esperáramos, porque venía muy grave. No saturaba más de 65%, lo metieron directo a sala de choque. Corrimos a conseguir catéter central, guantes... Las enfermeras eran muy pocas, el laringoscopio no servía, la toma de oxígeno no funcionaba, no había el equipo de protección personal. Fue horrible. Lo trataron de reanimar por 40 minutos y luego salieron, pues que no se había logrado”, relata seguido, y después se rompe, una compañera y amiga de Jorge. Minutos después de su muerte llegó la prueba PCR positiva, la misma que Jorge estuvo esperando durante 20 días para poder acreditar en el hospital su incapacidad por CoVID-19. “Parecía un mal chiste”.

 

“Fue un golpe muy duro. Era un chico dedicado, con mucha iniciativa, muchas ganas, con deseos de ayudar. Supuso darnos cuenta otra vez de que estamos en riesgo constante”, explica al otro lado del teléfono el médico del hospital. En total, dice, han fallecido más de una decena de compañeros durante esta pandemia: tres urgenciólogos, un jefe de anestesia, varias enfermeras... México registra la tasa de mortalidad más alta del mundo entre personal médico a causa de la covid-19.

 

Los trabajadores del hospital de Ecatepec mantienen que la pandemia solo ha agravado una situación habitual de escasez de recursos. “Nosotros compramos nuestro material, nos hacemos cooperaciones para adquirir mascarillas, caretas...”, señalan. La vacuna ha aliviado parte del desánimo del gremio —los trabajadores de este hospital ya han recibido su primera dosis—, pero no pueden quitarse la sensación de que esta es una guerra que andan perdiendo.

 

Tras la noticia, la Facultad de Estudios Superiores de Iztacala, responsable de los internos, decidió retirar a todos los médicos de prácticas del hospital. Estos piden volver, para seguir aprendiendo, pero con condiciones de seguridad para ellos y sus familias. Hasta el momento ni las autoridades de Salud del Estado de México ni del hospital Doctor José María Rodríguez se han puesto en contacto con los familiares de Jorge. El padre, de 57 años, se encuentra ingresado en el hospital con CoVID-19, contagiado después de noches de cuidar a su hijo. Lo reportan como “delicado”.

 

El Instituto de Salud del Estado de México (ISEM) ha contestado a este periódico que “el asunto se ha turnado al Órgano Interno de Control, el cual llevará a cabo la investigación correspondiente”. Además, por toda explicación añade que se ha informado a Héctor Flores Mercado, director del hospital General de Ecatepec, y a la doctora María del Carmen Ramírez Buendía, jefa de la División de Enseñanza e Investigación del mismo, de “un extrañamiento que se da por vulnerar los derechos de los internos al no dar atención y transgredir las instrucciones giradas por la autoridad competente en materia de Médicos Internos de Pregrado durante la contingencia por SARS-CoV-2″. La respuesta que el hospital da al ISEM es que la exploración que se realizó el 15 de diciembre a Jorge Alejandro López Rivas “arrojó un diagnóstico de posible infección en vías respiratorias sin datos de alarma”.

 

Los familiares de Jorge, que han puesto el caso en manos de un bufete jurídico, piden destituciones. “Justicia para él por la negligencia, por el abuso, por haberle tenido trabajando, por no haberle dado nunca atención”, dice su hermana. “Si ese es el cuidado que tenemos con nuestros médicos, no va a haber quién nos cuide ni quién nos salve de esta pandemia”.

 

FUENTE: https://elpais.com/mexico/sociedad/2021-01-27/las-tres-negligencias-que-mataron-a-jorge.html

 

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