martes, 3 de febrero de 2015

Historias de Niños III

Sayra Zaori (dos años), Dulce Esmeralda (tres años) y Carlos Uriel (cinco años), con sus padres en una calle de Ayutla, Oaxaca, sur de México.

Cada día, Sayra se cuelga su mochila de Spiderman y se “va a la escuela”. En la bolsa de 15 centímetros no lleva nada salvo (a veces) las llaves de su casa. A sus dos años recién cumplidos, acompaña a su madre a dejar y recoger a sus hermanos mayores. Corre un cuarto de hora montaña abajo: carretera, camino, arroyo, colegio. Y de vuelta. Se hace la ilusión de que, por fin (el curso siguiente), irá a la escuela. Es la misma ilusión que tenía su mamá 20 años atrás, cuando veía que sus hermanos emprendían hora y media de ruta a pie para ir a clase y ella se quedaba preparando tortillas, cuidando pollos, cortando café y buscando agua para que comieran algo a su regreso. Se hartó y se fue de casa a los 10 años. Quería a ir a la escuela, pero nunca consiguió estudiar.

Juliana Juan tiene ahora 25 años y no sabe si sus hijos llegarán a la universidad, pero lo espera. Desea, al menos, que estudien. Cuanto más tiempo, mejor. “Yo no pude por falta de dinero, pero ahora, si no vas a la escuela no tienes oportunidades”, afirma mientras hierve agua en una fogata frente a su casa en un pueblo de 2.000 habitantes con población mayoritariamente campesina e indígena.

Sayra Zaori es la tercera de tres hermanos, la última, de momento, de una saga Domínguez Juan que crece en esta localidad de la sierra de Mixe, donde las montañas chocan con las nubes, la conexión a internet llegó hace un año y los adultos eligen a sus representantes comunitarios a mano alzada. “Sí, queríamos tres niños”, dice Juan, que ahora lleva un DIU y viste jersey y pantalón, “mi esposo quería otro, pero con la falta de dinero, no podemos tener más”. El abandono paulatino de la agricultura por trabajos más estables y un primer intento de inculcar la planificación muestran aquí una brecha generacional donde la mayoría de familias viven de lo que les da el campo.

La falta de dinero lo marca todo en la familia. Reúnen entre 3.000 y 4.000 pesos al mes (unos 200 euros) entre lo que sacan el padre y la madre. Marciano Domínguez (32 años) es carnicero de profesión pero últimamente solo consigue trabajos esporádicos, casi siempre en el campo, de donde a veces vuelve con verduras para cenar. Juan está en casa, cuida de vez en cuando el bebé de una maestra y vende lo que encuentra en el mercado del pueblo los domingos: ropa usada que le manda su hermana del Distrito Federal u objetos que ella misma produce con materiales reciclados: “Las flores de palo se venden bien porque como no hay que regarlas, duran mucho”, celebra.

Desde que sus manos se lo permiten, los niños contribuyen a la economía familiar. Carlos Uriel, de cinco años, el primogénito, los fines de semana y las vacaciones acompaña a su papá al campo: “Desde que cumplió cinco lo mandamos a cuidar chivos, limpia, barre, acumula leña… si no va, se queda conmigo, pero lo pongo a trabajar. Ahorita hay niños que no hacen nada, no los ponen a hacer nada y no saben hacer nada”. Él sabe cómo calmar a su hermana pequeña cuando llora y saca la libreta de tareas después de comer para dejar los deberes hechos ya el viernes por la tarde. Le gusta mucho la escuela y, de mayor, quiere ser albañil y comprarse un celular y un terrenito donde construir una casa más grande que la que tienen sus padres. “Cuando se porta mal, le digo que lo voy a sacar de la escuela y lo voy a mandar con su papá, chilla”, cuenta Juan, orgullosa de que a sus niños les guste tanto estudiar. 

Según estadísticas oficiales, en México, uno de cada ocho menores del país trabaja y de esos ocho, uno tiene menos de 13 años.

Juliana Juan dio a luz por primera vez a los 20 años, una edad razonable en una zona donde muchas mujeres quedan encintas en la adolescencia. Su segundo parto, el de Dulce Esmeralda, ahora de tres años, fue en la casa. “No me dio tiempo a llegar… ¡ni dolores me dio!”, exclama. Este tipo de partos imprevistos y apresurados, incluso en la calle, de camino al hospital o en una sala de espera por falta de atención médica, son habituales en México.

El 29 de octubre del 2012 llegó la tercera. Ella nació en el Hospital de Tamazulápam del Espíritu Santo, una localidad a dos kilómetros de Ayutla y pesó 3.950 gramos. Después de 24 horas de observación luego del parto, no volvió a pisar ese hospital. Nunca ha padecido una enfermedad grave y, cuando tiene alguna “gripita”, la llevan al centro de salud del pueblo, pero no siempre la puede ver el médico. “A veces le dan algún medicamento, no más. Otras, nos dicen que no volvamos porque tienen demasiada gente o porque se acabó el horario”, sonríe la madre. Enciende la radio y suena un disco alegre de un cantante de Ayutla que la hace bailar con su niña, de ojos grandes, negros y una sonrisa que cepilla dos veces al día.

En Ayutla no hay pediatras. El mismo médico se encarga de rellenar una cartilla en la que constan seis visitas para controlar el peso: cinco kilos y medio a los dos meses, seis a los cuatro, seis y medio a los seis… 11,5 kilos en su última revisión (mayo del 2014). El médico califica de “normal” la evolución del peso del bebé, que tiene al día sus vacunas.

La casa donde viven se la compraron a plazos hace dos años y la siguen pagando. Es un cubículo de cinco metros por dos, con una tabla de madera y varios cartones por ventana a la que añadieron, con maderas, una segunda estancia donde tienen la cocina. El baño está fuera de la casa, tiene las paredes de hojalata y unos cubos de agua helada para tirar de la cadena. Los niños llevan doble pantalón, forro y, para dormir, se cubren con varias mantas pese a que los cinco comparten dos camas en un cuarto donde solo sobra espacio para un armario (en Ayutla nieva entre noviembre y marzo).

Después de un año de lactancia, Sayra desayuna café y hierbitas, como llama su madre a la mortaza, un vegetal comestible que crece en el campo. Juan prepara durante la mañana sopa de tomate con pasta que sus hijos toman la tarde y la noche. Antes de ir a dormir, un vaso de leche, si hay: “Está bien cara”, se queja su madre. Frijol, arroz y tortillas de maíz completan una dieta en la que la carne es un invitado de honor: “Nosotros no llegamos y comemos pollo. Solo cuando al papá le va bien. Igual una vez al mes, o más…”, explica. Las verduras que le regalan sus padres, agricultores en un rancho a unos kilómetros, le permiten preparar una cena más rica de vez en cuando. Ahora tiene naranjas y chayotes que aguantan desde la semana anterior. A la vuelta del paseo al colegio, sin embargo, Sayra se queda dormida sin comer.

Juega con el trapo de su madre, se sienta en una silla de latas recicladas y orina aún en el pañal. Balbucea palabras como “mamá”, “papá”, “agua” y “cola” y algunas más en mixe, la lengua indígena que se habla en la zona y la única que habla su abuela. Sayra hablará mixe, asegura su madre, pero la nueva generación pone cada vez más obstáculos para aprender el idioma local y sus sueños se alejan de un modelo de vida tradicional dependiente de la naturaleza.


FUENTE: http://elpais.com/elpais/2015/01/12/planeta_futuro/1421081711_078865.html

Los horarios de Marzo del 2015


domingo, 1 de febrero de 2015

Historias de Niños II


En Dakar, la capital de Senegal, los gemelos Moustapha y Mohamed han llenado de vida la casa de los Coly, una familia de clase media que sueña con que sus hijos puedan estudiar en el extranjero.

Cuando a Nalla Diouf le dijeron que estaba embazada casi se cae de la silla. Es que ya había cumplido los 48 años y empezar de nuevo con la crianza no entraba en sus planes. Pero cuando le informaron que en su vientre había, no uno, sino dos pequeños embriones, a Nalla le entraron auténticos sudores. Su marido, Moustapha Djamil Coly, recuerda ese día perfectamente. “No es posible”, pensó, “somos demasiado viejos para esto”. Ahora, un año y medio después, los pequeños Mohamed Bosco y Moustapha Ouezzin corretean por el patio de su casa, se pelean, ríen, juegan a la pelota, se suben a las mesas y, en fin, se han convertido en los auténticos dueños y señores del hogar. La vida de la familia gira ahora en torno a ellos. “Un auténtico regalo de Dios”, aseguran ahora sin dudar un instante los encantados padres.

La casa de los Coly se encuentra a unos cien metros de la céntrica avenida Burguiba, en el corazón del barrio Liberté 1, una zona de clase media. Es una residencia típica: una sola planta con un enorme salón, cuatro habitaciones, cocina y baños en el exterior. Sin embargo, el corazón de la casa, el lugar donde se come, se tiende la ropa, se prepara la comida, se toma el té y se juega, es un patio en forma de L protegido del calor por un techo alto de chapa. Allí es donde Mohamed y Moustapha pasan la mayor parte del tiempo, vestidos solo con sus pañales o desnudos y luciendo en el cuello los amuletos o gri-gris que, supuestamente, les protegen de enfermedades y les alivian el dolor de los dientes, correteando de un lado para otro, jugando con su pequeño triciclo o con la pelota de plástico, bajo la atenta mirada de los adultos, casi siempre su madre, sus tías, sus hermanos mayores o sus primos, mientras el padre trabaja en una fábrica situada en Mbao, en las afueras de Dakar.

Los gemelos nacieron de parto natural el 5 de marzo del 2013, tras un poco más de ocho meses de gestación. El primero en llegar al mundo fue Mohamed, que pesó 2,1 kilogramos, mientras que su hermano Moustapha, con 2,4 kilos, se hizo un poquito el remolón. El alumbramiento tuvo lugar en la clínica Niang, un establecimiento privado situado en el Bulevar Charles de Gaulle de Dakar. En un primer momento, ambos fueron alimentados con biberón pero, con el paso de los días, su madre logró introducir también la leche materna, alternando ambos. La madre apenas se despega de los pequeños un instante, siempre los tiene cerca. Pero hacen falta mucho más que dos ojos y dos manos para gestionar este aluvión de energía que se ha desencadenado en la casa de los Coly. Afortunadamente, voluntarios no faltan.

La pareja formada por Moustapha y Nalla, que en la actualidad tienen 54 y 50 años respectivamente, ya tenía tres hijos. El mayor, Alain David, de 23, está ahora en Estados Unidos estudiando Ingeniería Informática gracias a una beca. Pero las dos chicas siguen en casa y se han convertido en una ayuda imprescindible para la madre en el cuidado de los gemelos. Se trata de Aisha, de 20 años, que comienza ahora la Universidad, y Mariame Janette, de 12, que cursa sus estudios en el barrio. Entre ambas, su primo Dominique, que revolotea todo el rato por allí, las dos hermanas de Moustapha que viven también en la casa, y otros familiares y vecinos, cuidados, atenciones y mimos a los pequeños no les faltan.

El concepto de familia extensa es algo muy conocido en Senegal. Además, tienen una empleada llamada Ndew que asume el peso de las tareas del hogar para dejar a Nalla más liberada, sobre todo teniendo en cuenta que los niños no van ni irán a una guardería. “Hay una en el barrio pero cuesta 60.000 francos CFA al mes por niño (unos 90 euros)”, explica la madre. Una cantidad que descalabraría el presupuesto familiar.

Moustapha, que trabaja en Industrias Químicas de Senegal y gana 300.000 francos CFA al mes (unos 450 euros), es un firme convencido de las bondades de la educación, de lo importante que es que sus hijos estudien. El acceso de la mayor parte de la población infantil al sistema educativo es uno de los cambios más importantes que ha vivido este país en los últimos 50 años y el padre de los gemelos es una buena prueba. Él hizo su Bachillerato en Dakar y luego se fue a Lyon (Francia) para estudiar Ciencias Sociales. Aunque no logró obtener su diploma, permaneció 10 años allí y la experiencia le cambió la vida. “Tengo la suerte de conocer los dos mundos, lo que me permite tener un criterio más amplio para elegir lo mejor para mis hijos. Quiero que estudien y que lo hagan en los mejores lugares posibles”, asegura. Ahora está luchando para mandar también a su hija mayor al extranjero, “la Universidad en Dakar es una fuente constante de inestabilidad”, dice. Respecto a los pequeños, lo tienen claro: empezarán su formación el próximo año en la escuela franco-coránica RAHMA que está en el barrio. Es decir, aprenderán los preceptos del Islam, pero también comenzarán su instrucción en la lengua francesa y otras materias, como las matemáticas.

Ajenos a estos planes, Moustapha y Mohamed juegan cada día en el patio. Apenas balbucean algunas palabras en wolof (la lengua nacional) y su única ocupación es divertirse y comer. Y no se les da mal ninguna de las dos. “A los seis meses empecé con papillas de frutas y cereales, pero ahora comen casi de todo. Patatas, spaghettis con carne picada y les encanta el arroz blanco solo. Sin embargo, rechazan el pescado y las verduras”, asegura su madre. Pero para estar sanos y prevenir enfermedades, además de la alimentación, es fundamental la vacunación. En cuanto alcanzaron los tres kilos de peso, aproximadamente dos meses después de nacer, empezaron los pinchazos. Primero la difteria, luego el tétanos, la tosferina, la polio, la rubeola y, finalmente, la fiebre amarilla, todas ellas bajo la supervisión de la pediatra Mame Ami Sene del Centro de Salud de Grand Dakar.

Los gemelos están bien de salud. Tan solo han tenido algún resfriado y una infección en la boca que se manifestó con llagas. El problema es que cuando uno coge cualquier virus o infección, el otro se contagia de inmediato. Al caer la tarde el sol da una pequeña tregua. Es entonces cuando los pequeños hacen sus primeras incursiones en el exterior, siempre de la mano de algún adulto. Hoy toca que su primo Dominique, estudiante de Electrónica, les lleve al campo de fútbol del barrio, una extensión de arena con dos porterías. El barrio es seguro, calles asfaltadas, iluminación por la noche, todos se conocen. En otras ocasiones van a un pequeño parque infantil un tanto abandonado o al aparcamiento del supermercado donde pueden correr. Una vez fueron a visitar la isla de Gorée y a sus padres les gustaría llevarlos un día al parque de atracciones Magic Land, pero “es muy caro. Puedes gastar 15.000 ó 20.000 francos CFA por cada niño un solo día (entre 25 y 30 euros)”, explica Nalla.

Cada día desarrollan su propio carácter. Moustapha es el más activo, “el más desobediente”, dice su madre, “se ríe mucho y nunca se está quieto. Por aquí pasa mucha gente porque yo vendo helados para tener unos ingresos extra en la casa y a él le encanta hacer caras y arrimarse a todos los niños que vienen. Es muy simpático”. Mohamed, sin embargo, obedece un poco más, está más atento a lo que le dicen los adultos. A primera vista es difícil diferenciarlos, pero pasadas unas horas se aprecia que Mohamed tiene la cara más redonda y que Moustapha es ligeramente más pequeño. El 24 de julio pasado ambos medían 35 centímetros y pesaban unos 12 kilos.

No tienen muchos juguetes, un triciclo, algún que otro coche, un ordenador para bebés ya sin pilas. Pero en el terreno de fútbol persiguen la pelota como si les fuese la vida en ello. A veces se tropieza uno con el otro y se caen. Su madre, que les deja ir tranquila con su sobrino, sueña un futuro prometedor para ambos, un porvenir que en buena medida refleja también la mentalidad de la clase media senegalesa. “Me gustaría que Mohamed fuera un gran médico o un gran profesor de la Universidad, mientras que Moustapha podría ser un futbolista de éxito. ¡Golpea muy bien la pelota!”. A la caída de la noche, los niños regresan de su excursión diaria. Es la hora de la cena. Sin embargo, aún tardarán en ir a dormir. “Suelen caer a las doce de la noche o la una de la madrugada. Y a las nueve o diez ya están despiertos otra vez”, explica su madre. A las dos de la tarde suelen hacer una siesta.

Con la oscuridad, un instante de paz. Es la hora de las conversaciones tranquilas en la casa. Al padre le preocupa cómo sacar adelante a la prole. “A veces se hace difícil con mi sueldo”, asegura. Afortunadamente no tienen que pagar alquiler, porque la casa es heredada de su padre, pero así y todo Moustapha Coly tiene que hacer muchas economías. “Voy muy justo, pero Dios siempre acaba proveyendo”. Se nota que ambos son muy religiosos, musulmanes, como la mayoría de los senegaleses. Gente de paz. En la familia también hay cristianos, pues los abuelos paternos, procedente de Bignona, en Casamance, lo eran. De hecho, Moustapha se convirtió al Islam ya de mayor. Los niños interrumpen todo el tiempo agarrándose a las piernas de los mayores, pidiendo que los cojan o lanzando objetos al suelo. Su padre los observa con una sonrisa. “¿Sabes?”, dice, “poco antes de que Nalla se quedara embarazada ella fue a la Meca. Estoy seguro de que Dios la bendijo y nos bendijo a todos con los pequeños. Ella está agotada, pero feliz. Y sé que los pequeños nos traerán muchas cosas buenas durante toda la vida y que nunca nos faltará para alimentarles”.


miércoles, 28 de enero de 2015

Historias de Niños I


Sira es una niña sana y feliz que vive en un pueblo de Cantabria (España) y que, al nacer, pesó 1.835 gramos no habiendo cumplido ni ocho meses de gestación.

Sira Moreno Cámara nació el 8 de febrero de 2012, mediante cesárea, en el Hospital General de Castellón, en la Comunidad Valenciana, donde su madre, Alejandra, había ingresado de urgencia porque tenía la tensión demasiado alta y eso estaba provocando sufrimiento fetal. La culpa la tuvo el lupus que le habían diagnosticado en el 2007 y que convirtió su embarazo en una experiencia de alto riesgo. Aún así, Alejandra siguió adelante y, entre grandes dificultades, Sira llegó al mundo, aunque pudo ver poco de él porque fue introducida inmediatamente en una incubadora en la que vivió sus ocho primeros días de vida.

Sobrevivió gracias a cuidados médicos que la hicieron engordar hasta los 2.200 gramos que pesaba al salir del hospital, dos semanas después. Quizá su supervivencia y la de su madre fueron posibles porque viven en España, el décimo país en el mundo con la tasa más baja de mortalidad infantil (3,37 por cada 1.000 nacidos vivos) y el décimo segundo en el caso de mortalidad materna (seis mujeres por cada 100.000 nacidos vivos), según datos del 2012.

Luego de dos años, es una niña sana y vivaracha que se sorprende con todo lo que descubre a su alrededor. De nariz diminuta, enormes ojos marrones y labios de fresa, hoy tiene un peso y una estatura normales para su edad. “Al principio no tenía ni fuerzas para succionar el biberón y había que alimentarla con una sonda”, cuenta su madre. Pero desde que salió del hospital comenzó a engordar y ya no paró. “A los ocho meses parecía un bollo”, ríe Alejandra mientras enseña una de sus fotos. Se alimentó desde el primer día con biberones porque su mamá no podía darle el pecho debido a la medicación que toma para su enfermedad. Un bote de leche preparada para prematuros, que Sira tomó durante los dos primeros meses, cuesta 30 euros y dura unas dos semanas. El resto del año, Alejandra calcula que pagó unos 800 euros por leches de continuación y papillas varias.

Inquieta y parlanchina, Sira enseña sus juguetes sin timidez: su armario para colgar los chupetes, sus joyas de princesa, su oveja con ruedas, el unicornio balancín o el “quejo” (conejo) de peluche sin el que no puede dormir. Salta sobre su mullida cama haciendo que sus finas trenzas negras revoloteen alrededor de su cabeza. Parece despreocupada, tiene sus necesidades cubiertas y recibe toda la atención de sus padres, como hija única que es. Y lo seguirá siendo, pues Alejandra y Yovani entienden que otro embarazo sería muy peligroso.

Pese a que nació tan frágil, salvo algún catarro, nunca se ha enfermado y ha acudido a todas las revisiones médicas que le tocaban. “Miran su peso, su estatura y si hace todo lo que tiene que hacer a esa edad: a los tres meses miran si sabe coger objetos, a los 12 si ya camina…”, relata Alejandra. Salvo una, tiene puestas todas las vacunas del Calendario de Sanidad, que son gratuitas en Cantabria a excepción de dos: la del rotavirus y la de la meningitis. “La primera es a los nueve meses y no se la puse porque sirve para prevenir vómitos y diarrea y, como no iba a ir a la guardería, no la vi necesaria”, explica Alejandra. La segunda, pese a que vale 96 euros, sí se la puse, porque me da mucho miedo esa enfermedad”.

La alimentación de la niña es completamente normal; come de todo, aunque le gusta más lo salado. “No es mala comedora, prueba todo pero no mucha cantidad, y yo tampoco la obligo porque no quiero que la hora de la comida se convierta en un trauma”, dice su madre. Su manjar favorito son los macarrones con tomate, pero también le gustan mucho otros platos: “Alubias, lentejas… no le hace ascos a nada de eso”, dice Alejandra.

Sira y sus padres, Alejandra y Yovani, viven en un piso a 10 minutos caminando del centro histórico de Santillana del Mar (Cantabria), un pintoresco pueblo declarado Conjunto de Interés Histórico-Artístico repleto de abigarradas casas de piedra embellecidas con maderas nobles, flores en los balcones y rodeada de colinas, bosques y vacas. La vida no es fácil para esta familia: él, obrero, lleva más de dos años en paro y está a punto de terminar de cobrar la ayuda familiar para desempleados de 426 euros. Ella, enfermera sin plaza fija, realiza sustituciones de manera esporádica y cobra una pensión de 200 euros al mes por la discapacidad del 69% que le ha acarreado el lupus.

Pese a todo, se encuentran mucho más a gusto que en la ciudad de Alejandra, Castellón, pues creen que Sira crecerá mucho mejor en el campo.

Es domingo por la tarde y Sira debe acostarse pronto para ir a la escuela al día siguiente. Cena sopa de fideos, después su padre le da un baño y, como última tarea, se afana en hacer pis en su sofisticado orinal. Ya le han quitado los pañales, pero está en esa etapa en la que hay que andar muy pendiente de ella. Después, se acurruca en el sofá con su pepe y su "quejo" y va quedándose dormida, muy despacio, mientras sus padres cenan en la mesa contigua. Hasta este año, ha estado siempre en casa, con su padre o con su madre. No ha tenido niñeras ni ha ido a guarderías. “No ha hecho falta, nosotros nos podemos ocupar y, si alguna vez hemos necesitado ayuda, su abuela paterna vive cerca y se ha quedado con ella”, cuenta Alejandra. Este es el primer año de la niña en el colegio público Portus Blendium, en la vecina localidad de Suances, a ocho kilómetros de su casa. “Lo elegimos siguiendo las recomendaciones de otros padres; tenemos amigos con hijos de la misma edad en este y en el de Santillana y los que van al de Sira están más adelantados que los otros”, explica Yovani. “Aprende lenguaje, música, psicomotricidad… ¡Y solo tiene dos años! Me parece que tienen un programa muy completo”, coincide Alejandra. Pese a que está en otra localidad, tardan 10 minutos en coche, y no les cuesta llevarla.

Yovani y Alejandra tienen claro que, para Sira, el equivalente a un buen porvenir es darle la mejor educación que esté en su mano. Aunque todavía es muy pequeña, Alejandra querría que estudiase pero, sobre todo, que sea una mujer autónoma y aprenda a ganarse la vida. “En realidad me da igual si estudia o no, y si va a la universidad o no, pero que nunca tenga que depender de nadie y, sobre todo, que haga lo que le guste”.


El trabajo médico visto desde otro punto de vista



lunes, 26 de enero de 2015

Carl Vilhelm Holsoe (1863, Aarhus, Dinamarca - 1935, Asserbo, Dinamarca)

Lactancia

Carl Holsoe fue un miembro destacado de la escuela danesa de pintura de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.

Es característico de su estilo el estudio de la luz y de la sombra y de sus efectos sobre las superficies y objetos en un interior. A través de la representación de figuras solitarias, por lo general mujeres con identidades ocultas, sus pinturas evocan una naturaleza melancólica de introspección y ensimismamiento. Su obra, influenciada por la de los maestros holandeses de pintura de interiores del siglo XVII, Vermeer, de Hooch y ter Borch, exploró el contenido emocional inherente en el interior de los hogares.

domingo, 25 de enero de 2015

¿Qué tienen que ver Jurassic World, los dinosaurios y las incubadoras Caleo de Dräger?



A primera vista, la relación entre la película de Universal/Legendary Pictures, que se estrenará este año, y aquellos animales extintos es bastante obvia: se trata de una secuela de las antiguas películas de Jurassic Park. En cambio, el papel que aquí juegan los equipos para el tratamiento térmico de los recién nacidos humanos no parece muy claro; aunque, si se mira con cuidado el intervalo correspondiente a los minutos 1:23 a 1:27, podremos ver a las incubadoras que tenemos en la Unidad llevando, en este caso, huevos de dinosaurios.

viernes, 23 de enero de 2015

El nuevo Hospital Gineco-Obstétrico "Alfredo G. Paulson" y el Complejo Hospitalario "Alejandro Mann"



Frente a la creciente demanda de atención de servicios Gineco-Obstétricos y Neonatales, desde junio del 2012, la Junta de Beneficencia de Guayaquil ha emprendido uno de sus proyectos más importantes: la construcción del nuevo Hospital Gineco-Obstétrico "Alfredo G. Paulson" que cuenta con un importante aporte de la fundación Paulson Family, presidida por John Paulson, descendiente de padre ecuatoriano y que estará ubicado en la ciudadela La Atarazana, en la Av. Roberto Gilbert Elizalde y Av. Democracia, de la ciudad de Guayaquil, en Ecuador, junto al Hospital de Niños "Roberto Gilbert" con el que tendrá comunicación directa por medio de un puente peatonal que se colocará en el primer piso de ambos Hospitales, conformando así el Centro Materno-Infantil más grande de Latinoamérica que tendrá 450 camas y 500 cunas y cuya culminación está prevista para mediados del 2015.

La construcción de este moderno hospital tiene ya un avance de obra del 64.51% y en su área de construcción de 36 mil m2 se levantará un edificio de cinco pisos con una moderna infraestructura hospitalaria que contará con: sistema electrónico y mecánico, servicio de seguridad, sistemas de control y climatización y redes de gases medicinales y equipamiento médico y auxiliar de última tecnología.

El Hospital contará con un área de Neonatología debidamente equipada con 216 cunas, Unidad de Cuidados Intensivos, Cuidados Intermedios y Recuperación, 8 salas de parto, 8 salas de labor, 4 salas de curaciones (una en cada piso), 10 salas de observación, 20 quirófanos (ginecológicos, obstétricos y emergencia), área de Hospitalización con 337 camas para atender anualmente a cientos de miles de mujeres de escasos recursos económicos con capacidad para atender más de 30.000 nacimientos anuales y 32 consultorios de Consulta Externa para una amplia gama de especialidades relacionadas con la atención de la salud Gineco-Obstétrica en un ambiente moderno y confortable para las futuras madres y los pequeños pacientes.

El área de construcción correspondiente al Edificio Principal del Hospital "Alfredo G. Paulson" es de 32.355,89 m2 y de 1.020,48 m2 para la Casa de Maquinas. En el Complejo Hospitalario, que se llamará "Alejandro Mann", también se considerará el edificio de Consulta Externa, cuyo diseño contempla un área de 6.677,60 m2. En su planta baja se ofrecerá atención en consultorios, mamografías/densitometría, banco de sangre, farmacia, cafetería, baños generales, archivos, salas de espera, circulación; y, en su planta alta, se ubicará docencia, oficinas de convenios y vigencias de derechos, call center y baños.

Todos los pisos contarán con su mezzanine. En el primero se ubicarán las áreas de Neonatología para Cuidados Intensivos, Cuidados Intermedios, Prematuros, Neonatos Infecciosos, Enfermería, Áreas de Soportes, Quirófanos y Sala de Recuperación; en el segundo, tercero y cuarto se habilitarán salas de hospitalización para pacientes, neonatos y áreas de enfermería; además de otra capilla, áreas de soporte, salas de voluntariado e informática.

Además, contará con una amplia zona de parqueo subterráneo y exterior con capacidad para 325 vehículos, lo que dará mas facilidades a pacientes y familiares.

Finalmente, existirá una clínica privada con instalaciones y equipos propios a disposición de personas que los deseen y tengan capacidad de pago. El servicio privado ayudará a solventar los gastos de los pacientes de escasos recursos económicos del área de atención general.

Gracias al aporte de John Paulson, se realizarán obras adicionales al proyecto original que significan una ampliación de 7 mil m2 a los 33 mil m2 iniciales. Estos cambios aumentaron el presupuesto a 44 millones de dólares por lo que se resolvió, de parte de los donantes, la Fundación Paulson de Estados Unidos y la Junta de Beneficencia de Guayaquil, aportar, equitativamente, 14 millones de dólares adicionales.