lunes, 7 de mayo de 2012
martes, 1 de mayo de 2012
Diario EL UNIVERSO, Martes 01 de mayo del 2012.
‘Exijo sanción para todos los que no atendieron a mi hijo’
Inés Huacón Correa no solo está
destrozada por la muerte de su hijo Roberto Antonio Quimí Huacón, de 23 años,
sino también indignada por el trato que le dieron en nueve casas asistenciales
(hospitales y clínicas) de Daule y Guayaquil
Ella denunció en la Fiscalía del
Guayas que en ninguna de esas casas de salud le dieron el ingreso a su hijo la
madrugada del pasado viernes y murió en una ambulancia más tarde.
“Quisiera que sean sancionadas
todas las personas que no le dieron auxilio a mi hijo, porque a nadie se le
niega la ayuda para vivir”, expresa Huacón, mientras recuerda que la agonía de
su vástago comenzó en el hospital de Daule, adonde fue trasladado tres veces
desde que sufrió el accidente de tránsito, a las 17:00 del pasado miércoles.
El percance ocurrió en la vía de
segundo orden que lleva a la parroquia Los Lojas, de Daule. Al parecer, un
bache desestabilizó la moto en que Quimí iba con un amigo (inidentificado aún),
cayó a la calzada y se golpeó fuertemente la cabeza.
En las dos primeras atenciones en
el hospital de Daule, según Humberto Huacón, tío de la víctima, los médicos no
diagnosticaron una gravedad.
Pero por el dolor de cabeza
intenso y los constantes vómitos de sangre, el joven fue llevado por tercera
ocasión y recién en ese momento los galenos se percatan de que la víctima
necesitaba de cuidados intensivos. “Ahí lo quieren trasladar a Guayaquil”, dice
ella.
No obstante, la esperanza de que
el joven sea atendido con prontitud en una casa de salud del puerto principal
se comenzó a desvanecer cuando en el hospital Guayaquil le negaron el ingreso
“porque no había espacio”, según la madre.
“Nadie me pudo ayudar, ni
siquiera en una clínica; bueno, en una clínica yo creo que por la razón
(condición) social de nosotros quizás no nos pudieron haber atendido, pero en
los hospitales sí”, reflexiona Inés Huacón, al desconocer que la Ley Orgánica
de Salud, en su artículo 7, indica: “Toda persona, sin discriminación, tiene
derecho a ser atendida inmediatamente con servicios profesionales de
emergencia, suministro de medicamentos e insumos necesarios en los casos de
riesgo inminente para la vida, en cualquier establecimiento de salud público o
privado, sin requerir compromiso económico ni trámite administrativo previo”.
Luego, Roberto fue llevado hasta
el hospital Luis Vernaza y, posteriormente, al sanatorio de la Policía, a las
clínicas San Gabriel, Guayaquil, Kennedy Alborada y los hospitales
Universitario y León Becerra. En ninguna de estas casas de salud, excepto en la
de la institución policial ¬señala Huacón¬ le brindaron atención a su hijo.
Pero sostiene que en el hospital
de la Policía, donde atendieron a Quimí por media hora, le advirtieron que por
no ser miembro de la institución o familiar de estos debían cancelar $ 800
diarios.
“Querían una garantía y mi esposo
(padrastro de la víctima) que fue policía dejó su credencial; no me importaba,
así me quedara sin casa, quería que salven a mi hijo; pero luego una doctora me
dijo que no tenían un ventilador y que no podían tenerlo ahí”, asegura Huacón.
Beatriz Miranda, subdirectora
técnica de ese hospital, niega que se haya exigido dinero y asegura que no
había espacio en el área de terapia intensiva. Además, que la medicina
suministrada al paciente no fue facturada a los familiares.
La progenitora dijo no recordar
que existe el SOAT (Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito) o el Fonsat
(Fondo de Seguros de Accidentes de Tránsito), que debía cubrir hospitalización
de pacientes hasta por $ 2.500. “Pero por lógica los doctores tenían que
saberlo”.
Sandra Delgado, directora
ejecutiva del Fonsat, indicó que todas las casas de salud, públicas y privadas,
tenían la obligación de recibir al paciente. “Hasta por humanidad; que esto nos
lleve a que estos casos no repitan”, dice.
Delgado recordó que ahora la
familia tiene derecho a una indemnización de $ 5.000.
Inés Huacón Correa, madre de
Roberto Quimí:
“No quiero que nadie pase por
esto, mi hijo era un ser humano y no quiero que por la situación económica no
lo tomen en cuenta”.
domingo, 29 de abril de 2012
Diario EL UNIVERSO, 27 de marzo del 2012.
Despedida.
Por Plutarco Naranjo Vargas (Ambato, 18 de junio de 1921 –
Quito, 27 de abril del 2012)
Por casi setenta años he escrito
una columna semanal para diarios del Ecuador y otros países. Muchos y diversos
temas me he permitido tratar, pero me place en especial haber dado preminencia
a aquellos relacionados con las ciencias, tanto de la naturaleza como las
ciencias humanas. Ciertamente, he intentado despertar curiosidad y acaso
asombro entre mis lectores, curiosidad y asombro que yo mismo he experimentado
al enterarme de descubrimientos y avances científicos. Gracias a ellos, el
siglo pasado y este son, en la historia humana, los periodos de mayor y más
esclarecida penetración en la realidad fenoménica del mundo. Que personas,
sociedades, o países se queden rezagados o peor aún, al margen de aquello, es a
la vez trágico y peligroso. Al menos, albergo esperanzas de haber entusiasmado
a los lectores en estos temas, que he buscado tratar con amenidad no exenta de
rigor. Pero también han sido asuntos de mi predilección la salud, la educación,
la alimentación, nuestra maravillosa flora, los riquísimos mitos de nuestros
aborígenes, nuestra historia y sus enseñanzas, así como otros tópicos sobre
Ecuador y Latinoamérica. Igualmente, he buscado expresar mi entusiasmo ante las
bellas o lúcidas creaciones de nuestros escritores, cronistas, investigadores y
más hombres y mujeres dedicados, con fervor, a las tareas del intelecto. Como
podrá juzgarse, he enfocado mi labor en periodismo desde una perspectiva poco
cultivada entre nosotros. Ante la superabundancia de comentarios sobre
política, divertimentos, deportes, crónica roja y similares, yo he deseado
insistir con algo más difícil, más instructivo, a riesgo de espantar a los
lectores con cifras, datos, estadísticas y más. Empero, ha sido gratísimo que
lectores de aquí y allá (especialmente desde que Internet posibilitó
intercambios mundiales instantáneos) hayan comentado, criticado, estimulado, y
seguido mis publicaciones. He allí un beneficioso servicio de ciencias y
técnicas. También he debido alertar sobre los peligros que estas entrañan en
manos desaprensivas. Ya en 1858, recorriendo las Galápagos, Charles Darwin
anotaba: “Parece que las aves del archipiélago no se han percatado aún de que
el hombre es el más peligroso de los animales...”. Este juicio tan severo
consta en Ecuador en las páginas de ‘Le Tour du Monde’, magnífico libro recién
publicado por el Consejo Nacional de Cultura, libro que reúne relatos de
viajeros que nos visitaron entre 1835 y 1912. En algunos artículos, he aludido
a las intimidantes técnicas y mentiras que hoy posee “el más peligroso de los
animales”. Quizá aquello haya contribuido a alertar a mis lectores y alumnos.
En todo caso, tras décadas de
estos empeños míos, y años de combatir una grave enfermedad, hoy debo
despedirme de mi columna. Lo hago declarando mi profundo agradecimiento a los
diarios que acogieron mis artículos. Algunos de estos, publicados en EL
COMERCIO, formaron parte de mi libro: Saber
alimentarse; otros, aparecidos en EL UNIVERSO, ya son parte de Mitos, tradiciones y plantas alucinantes
libro de próxima aparición bajo auspicios de la Universidad Andina Simón
Bolívar.
A todos ellos y a mis lectores,
debo momentos de enorme alegría.
domingo, 22 de abril de 2012
Revista Newsweek, 22 y 29 de abril del 2012, 36-40 p.
EL DOCTOR LE RECIBIRÁ AHORA, - PERO SEA BREVE
¿Su médico parece tener prisa, está distraído o simplemente no muestra interés?
Son muchos los que opinan como usted y esa situación podría estar exponiendo su
salud –y su bolsillo.
Por Shannon Browniee
Hace cuatro años, Fred Holliday,
profesor adjunto de la American University, presentaba varios problemas de
salud a sus 38 años de edad: perdía peso y su presión arterial se había
disparado; después se fracturó una costilla y comenzó a tener un intenso dolor
de espalda. Cada vez que aparecía un nuevo malestar, el residente de
Washington, D.C. visitaba a su médica, quien atacaba cada síntoma por separado.
Primero, le recetó medicina para la presión; en otra visita, adjudicó la
fractura de costilla a un violento ataque de tos; por último, indicó narcóticos
para el dolor de espalda. Cuando el dolor empeoró, la doctora salud simplemente
aumentó la dosis del analgésico.
Al cabo de varios meses, Regina
(esposa de Fred) buscó los síntomas en la web y el cuadro clínico sugirió el
diagnóstico de cáncer renal. Angustiados, la pareja regresó al consultorio. La
doctora entró en la sala de exploración, leyó la hoja clínica y sin siquiera
volverse a mirar a Fred, inquirió: "Señor Holliday, ¿cree estar
deprimido?". Era una pregunta rutinaria, fundamentada en la variada
sintomatología. Regina echó a reír, incrédula. "Por supuesto que estaba
deprimido", recuerda. "Aquella mujer no lo atendía debidamente".
A instancias de la esposa, la médica ordenó una resonancia magnética que reveló
la presencia de cáncer en el riñón de Fred. El hombre murió unos tres meses
después.
Situaciones como las de los
Holliday se han vuelto cada vez más frecuentes y, aunque la mayoría no tiene
desenlaces fatales, todas apuntan a que algo malo está ocurriendo en el mundo de
la medicina. Los pacientes insatisfechos se quejan de la brusquedad de sus doctores
e invariablemente los califican muy mal en encuestas y sitios web dirigidos a
los usuarios del sistema de salud estadounidense, como HealthGrades y Angie's
List. Muchos afirman que, en su prisa por cubrir una agenda muy apretada, los
médicos los atienden rápidamente; pasan por alto diagnósticos importantes,
jamás apartan la vista de sus computadores durante la entrevista, cometen
errores de prescripción, y ni siquiera prestan atención a lo que dicen.
Diversos estudios demuestran que, en las últimas tres décadas, se ha registrado
una importante mengua en la satisfacción de los pacientes, aumentando la impresión
de que los galenos no proporcionan una atención de calidad. Y, ciertamente, la
situación no es mejor en el otro extremo del estetoscopio. Una reciente encuesta
de Consumer Reports reveló que 70 por ciento de los médicos afirma que el
vínculo con sus pacientes se ha erosionado desde que iniciaran el ejercicio de
la medicina.
Según muchos doctores y expertos
en políticas, la raíz del problema es la creciente desintegración de la
relación médico-paciente. Y no es una mera cuestión de "buena vibra":
un creciente cúmulo de investigaciones apunta ahora a la importancia crítica de
establecer buenos vínculos con un médico de confianza. "La respuesta del
cuerpo humano sugiere que estamos inherentemente condicionados a sentirnos mejor
cuando existe una relación terapéutica de cierto tipo", explica Howard
Brody, médico de atención primaria y director del Instituto de Humanidades
Médicas, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Texas, en Galveston. La
buena noticia es que la profesión médica parece haber tocado fondo, y que los
políticos y profesionales de la salud que han emprendido esfuerzos de
reconstrucción saben que esa es la única manera de resolver la situación.
Cualquiera que tenga la edad suficiente para haber visto Marcus Welby, M.D. -exitoso programa televisivo sobre un médico paternalista, en la década de 1960- seguramente recuerda con cierto aprecio al médico familiar de su infancia. En aquellos días, nuestros doctores nos conocían tan bien en la salud como en la enfermedad. Sabían cuándo habían nacido nuestros hijos, qué sentíamos hacia nuestro trabajo y la vida en pareja, y si tendíamos al estoicismo o al fingimiento en situaciones de enfermedad o dolor. En la actualidad, tendremos suerte si el médico pronuncia bien nuestro apellido, por no hablar de que recuerde nuestro historial clínico.
Este problema surgió, en parte,
con la revolución de la atención médica gestionada de las décadas de 1980 y
1990, esfuerzo inicialmente bien intencionado que pretendía mejorar la calidad
de la medicina y controlar los costos, pero que terminó fracturando la relación
médico-paciente. Muchas aseguradoras, más enfocadas en el costo que en la
calidad, redujeron progresivamente los honorarios profesionales y, a su vez,
los doctores recortaron el tiempo dedicado a sus pacientes para atender más
casos en un mismo día. A pesar de la apretada agenda, el ingreso médico ha
seguido disminuyendo en las últimas décadas, afectando especialmente a los
profesionales de atención primaria o primer nivel. Un informe de 2006 descubrió
que el ingreso médico general, ajustado a la inflación, se redujo 7 por ciento
entre 1995 y 2003 -y 10 por ciento en el segmento de atención primaria.
Al mismo tiempo, muchas aseguradoras han limitado el acceso a ciertos servicios, poniendo a los profesionales en la necesidad de informar a sus pacientes que el seguro contratado no cubre la atención que necesitan, y creando tensiones entre compañías de seguros, doctores y enfermos. Por otra parte, las aseguradoras han creado redes médicas restringidas -sistema que obliga al paciente a buscar un nuevo profesional de primer nivel cada vez que su empleador cambia de compañía de seguros.
"Si lo que pretendían era
acabar con la confianza, no pudieron hacerlo mejor que obligando a los
pacientes a cambiar continuamente sus planes de seguro y a buscar nuevos
doctores de primer nivel", acusa Richard Kravitz, médico de atención
primaria y covicepresidente de investigación en el departamento de Medicina
Interna de la Universidad de California, Davis.
Fue la tormenta perfecta para
pacientes insatisfechos y galenos abrumados, agrega el doctor Thomas
Bodenheimer, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de
California, en San Francisco. Aunque los especialistas a menudo compensan la
merma del ingreso practicando más procedimientos, los médicos de atención
primaria perciben honorarios por consulta, de modo que su única opción es
atiborrar la agenda del día e incrementar la dimensión de su panel -la cantidad
de pacientes que atienden regularmente. Según Bodenheimer, para que un médico
de primer nivel realice bien su trabajo, dicho panel debe ser inferior a mil
800 individuos, pero el promedio actual en Estados Unidos es de dos mil 300
pacientes. Y no solo eso, en las llamadas "fábricas Medicaid"
(clínicas que atienden pacientes pobres amparados por los planes Medicaid del
Estado) la población del panel puede ascender a tres mil pacientes por doctor.
No obstante la brevedad de las
consultas actuales, los regímenes de tratamiento para padecimientos comunes
como diabetes y enfermedad cardiovascular son cada vez más complejos. La
cantidad de pruebas y padecimientos atendidos en el primer nivel de atención se
han vuelto estratosféricas. Según cálculos, un médico con un panel de dos mil
individuos -y sin un buen equipo de atención primaria- tendría que trabajar más
de 17 horas diarias para cumplir con todos los lineamientos recomendados para
la atención de los enfermos. "Y como solo disponemos de 15 minutos por
persona, sin contar las visitas domiciliarias y hospitalarias, terminamos
sintiéndonos como conejillos de indias enjaulados", protesta Bodenheimer.
"Trabajé 30 años a tiempo completo en la atención primaria. Por poco me
muero".
La situación en nada propicia la atención médica óptima. Dos estudios (uno canadiense y otro estadounidense) revelaron que, en promedio, el médico interrumpe la descripción sintomática del paciente a escasos 23 segundos de iniciada la entrevista; y en 25 por ciento de los casos, ni siquiera pregunta al enfermo cuál es su problema. Según otro estudio con 34 profesionales que atendieron más de 300 consultas en un mismo período, los médicos pasaron un promedio de 1.3 minutos comunicando aspectos críticos del padecimiento y tratamiento, y la mayor parte de la información proporcionada fue demasiado técnica para la comprensión del enfermo; lo más inquietante es que los propios médicos creían haber dedicado más de ocho minutos a la explicación. Un estudio ulterior demostró que tres de cada cuatro médicos no daban indicaciones claras sobre la administración del medicamento y, al pedir a los pacientes que explicaran cómo debían tomar sus medicinas, la mitad no tuvo idea de lo que debía hacer. Publicada el año pasado, una encuesta de Markle Foundation puso de relieve que tanto doctores como pacientes coinciden en que, en casi 30 por ciento de los casos, los médicos olvidan información importante que proporcionan los enfermos; y, según un notable estudio reciente sobre desempeño de los galenos, los pacientes recibieron sólo 55 por ciento de la atención recomendada para 30 enfermedades diferentes.
Al mismo tiempo, es muy frecuente
que los doctores implementen esquemas terapéuticos que no están indicados.
Entre los años 2000 y 2005, la cifra anual de tomografías computariza das se
elevó a casi el doble -a un total de 75 millones y muchas de ellas, a decir de
los expertos, fueron ordenadas por costumbre o temor a una demanda judicial, no
porque ayudaran al médico a establecer el diagnóstico. En ese mismo periodo se
disparó la prescripción de antidepresivos (comercializados activamente por las
compañías farmacéuticas), a menudo entre pacientes que no padecían un trastorno
psiquiátrico; en tanto que la polifarmacia (recetar demasiados fármacos, sobre
todo en pacientes ancianos) es un problema que se ha salido de control.
Las limitaciones de tiempo y la
complejidad de la atención han hecho trizas la relación médico-paciente, que a
menudo marca la diferencia en los resultados. Diversos estudios han
identificado un vínculo entre la adecuada comunicación profesional-enfermo y la
sensación de bienestar, la sintomatología y la salud general de este último.
Por ejemplo, investigadores canadienses realizaron grabaciones de audio de más
de 300 consultas con 39 médicos de primer nivel; a continuación, pidieron a los
enfermos que calificaran las visitas en términos de su relación con los
doctores; y, por último, los investigadores observaron su evolución clínica a
lo largo de cierto período. Los pacientes que dijeron que los médicos tomaban
en cuenta sus emociones e inquietudes, y escuchaban con atención, no solo manifestaron
sentirse mejor, sino que su sintomatología fue menor en las mediciones
objetivas de enfermedad.
Esto es algo que siempre han
sabido los buenos médicos, asevera Howard Brody, pero ha sido hasta hace pocos
años que los investigadores comenzaron a desgranar los elementos necesarios
para la relación terapéutica. Los pacientes necesitan que el doctor los escuche
"y ofrezca una explicación lógica para sus síntomas", dice Brody.
También es fundamental que exista interés en el paciente y el contacto que
propicia la exploración física permite comunicar dicho interés. Por último,
agrega: "El médico debe ayudar al enfermo a sentir que tiene el control de
su problema". Cuando falta alguno de esos elementos en la consulta, los
pacientes terminan por socavar su propia salud. Muchos médicos se quejan de
enfermos "desobedientes" que interrumpen la medicación o no realizan
los cambios recomendados de dieta o hábitos malsanos, como fumar; sin embargo,
el problema realmente podría encontrarse, en la relación establecida
terapéuticamente.
James Rickert, cirujano
ortopédico de Bloomington, Indiana, dice que aprendió la lección hace cinco
años, cuando sufrió una recaída del linfoma no-Hodgkins, una variedad de cáncer
potencialmente mortal. El oncólogo le dijo que la recaída podía tratarse con
dos tipos de trasplantes de médula ósea, ambos con efectos secundarios graves y
potencialmente fatales. El especialista insistió en practicar una de las técnicas,
pero cuando Rickert pidió que explicara su razonamiento, el oncólogo no quiso o
no pudo ofrecer un argumento.
"Salí muy molesto del
consultorio", recuerda el cirujano de 50 años. "Se había negado o fue
incapaz de explicarme su decisión, a pesar de que también soy médico. A
resultas de esa interacción, perdí la confianza en él". Al final, Rickert se
sometió a la terapia recomendada, pero comenzó a consultar con otra oncóloga,
quien le simpatizaba y le inspiraba confianza. La primavera pasada, luego de
ser hospitalizado dos veces a causa de una neumonía provocada por el fármaco
prescrito, se comunicó con la doctora por correo electrónico para decirle que
quería suspender la terapia farmacológica. "Me llamó de inmediato y
explicó por qué tenía que seguir el tratamiento", prosigue Rickert, quien
continuó su medicación y finalmente ha podido reducir la dosis sin que se
presente otro cuadro neumónico.
La relación terapéutica es
importante aun cuando el paciente no tiene un padecimiento real. Vikas Saini,
cardiólogo y presidente de la Fundación de Investigación Cardiovascular Lown,
en Brookline, Massachusetts, señala que muchos pacientes están más angustiados
que enfermos, pero a veces "los sanos angustiados" resultan más
difíciles de tranquilizar debido, en parte, a que los estadounidenses han dado
en equiparar la atención médica con la realización de exámenes de laboratorio o
la prescripción de montones de medicamentos y procedimientos. "Desde el
punto de vista del enfermo, más es mejor", comenta Saini -y desde esa perspectiva,
la atención más tecnológica es siempre la mejor. Cualquier intento de disuadir
a un paciente de que cierto fármaco o estudio es innecesario, suele
interpretarse como señal dé negligencia o desinterés por parte del médico.
"Si la persona llega
quejándose de un vago dolor de pecho o dice que siente 'palpitaciones', me
bastan los primeros minutos de la consulta para comprobar que no tiene un problema
serio", añade Saini. No obstante, suele dedicar hasta una hora para
asentar cuidadosamente la historia clínica y practicar una exploración física
completa antes de acallar los temores del paciente. "Si yo, como enfermo,
no tengo la seguridad de que el médico me ha escuchado con atención, ¿cómo
puedo confiar en que indicará el medicamento necesario o la prueba
adecuada?".
A pesar de todos los problemas,
no muchos están dispuestos a cambiar de doctor o a criticar la profesión
médica. En infinidad de encuestas sobre confianza, los entrevistados suelen
situar a los médicos en los niveles más altos o en el primer lugar de su lista.
En una serie de grupos de enfoque, dirigida por Relaciones Públicas GYMR para
la Fundación Robert Wood Johnson, los participantes manifestaron, repetidas
veces, que aun cuando la relación con sus médicos era mala, no estaban
dispuestos a cambiar de profesional de la salud.
Lo bueno es que políticos y
galenos empiezan a reconocer la importancia de la relación terapéutica y están
adoptando medidas para repararla. Por tradición, las escuelas de medicina han
favorecido a los estudiantes que sobresalen en sus exámenes, aun cuando eso no
garantiza que tengan las destrezas sociales para escuchar a los pacientes,
informa Michael Wilkes, médico de primer nivel en la Escuela de Medicina Davis
de la Universidad de California. "Los alumnos que obtienen buenas
calificaciones en pruebas y exámenes no son, necesariamente, los mejores doctores",
sentencia. Hace 20 años, Wilkes estableció el "Currículo Médico",
serie de cursos y seminarios donde los estudiantes de medicina aprenden a
comunicarse con enfermos, aplican el razonamiento crítico para evaluar estudios
clínicos y ayudan a los pacientes a tomar decisiones sobre el tipo de atención
que preferirían recibir hacia el final de sus vidas. Aunque la mayor parte de
las escuelas de medicina no ha adoptado este sistema, algunas empiezan a
reclutar a una especie distinta de alumnos mediante una serie de entrevistas
breves que ponen a prueba sus destrezas sociales (imagine que sea un esquema de
citas románticas rápidas, pero sin romance).
Entre tanto, se han emprendido
diversos esfuerzos para llegar a los médicos que ya ejercen. Un elemento
central de la Ley de Protección al Paciente y Atención Rentable, aprobada en
2010, ofrece a los médicos de primer nivel un ingreso nominal adicional para
que ellos actúen como quarterbacks,
llevando un registro de pacientes y dirigiendo la atención que reciben de sus
médicos tratantes. En opinión de Bodenheimer (de la Universidad de California),
ese modelo es muy distinto de la práctica vigente en la actualidad. Al trabajar
en equipo con otros profesionales clínicos -incluidos asistentes médicos,
personal de enfermería, farmacéuticos y coordinadores de atención-, los
doctores pueden dedicar más tiempo a los pacientes que más lo necesitan.
"Casi 50 por ciento de lo que hacemos [los médicos] puede quedar a cargo
de personal mucho menos capacitado", dice. Llamado modelo médico casero,
el esquema también contempla que los doctores utilicen el correo electrónico y
el teléfono para comunicarse con sus pacientes cuando estos no tienen que
acudir a una cita -lo que, a su vez, resulta en tiempo de calidad cuando esos
mismos enfermos acuden a consulta.
Otra iniciativa potencialmente transformadora
para mejorar la relación médico-paciente es la "toma de decisiones
compartida", proceso formal que ayuda a los pacientes a entender sus
opciones terapéuticas. Por ejemplo, las mujeres diagnosticadas con cáncer de mama
en estado inicial pueden optar por la extirpación quirúrgica del tumor y
radiación o bien, por la mastectomía (remoción quirúrgica del seno). Cada
tratamiento tiene ventajas y desventajas, y las pacientes tienen que entender
las consecuencias. Aunque un folleto o vídeo informativo (llamados asistentes
para la decisión del paciente) pueden ser de utilidad, la mujer a menudo
necesita un buen comunicador -un médico u otro profesional clínico- que le
oriente para tomar la decisión.
En una era en que los cirujanos utilizan
robots y la medicina se vuelve cada vez más tecnológica, el tiempo es uno de
los bienes más preciados que el médico puede ofrecer a sus pacientes. Una
visita hospitalaria o un par de llamadas telefónicas al domicilio durante la
semana posterior a la última consulta, puede marcar la diferencia en el
bienestar del paciente, enfatiza Richard Kravitz, de la Universidad de
California. Con apenas el más nimio de los gestos, es posible corregir hasta la
relación más tensa y después, "médico y paciente estarán unidos para
siempre", concluye Kravitz.
viernes, 20 de abril de 2012
EL NRP del 2011, 6th. Edition. El Programa completo de Reanimación Neonatal
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martes, 17 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
viernes, 13 de abril de 2012
lunes, 9 de abril de 2012
martes, 3 de abril de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
La Reunión de la Familia Fetal
Familias a
través de los EE.UU. que asisten a la 15ta. Reunión Anual de la Familia Fetal en el
Hospital de Niños de Filadelfia
Más de 1.000
personas se reunieron el 26 de junio del
2011 para celebrar en el Hospital
de Niños de Filadelfia (CHOP, por
sus siglas en inglés) la 15ta.
reunión anual para el diagnóstico
fetal y el tratamiento familiar del feto. La reunión agrupa
a una comunidad única de familias
que han compartido luchas similares.
Casi todos los niños presentes fueron diagnosticados prenatalmente de algún defecto congénito, como hernia
diafragmática, espina bífida, enfermedad cardíaca
congénita o síndrome de transfusión de gemelo a gemelo,
que podría haber tenido resultados
potencialmente devastadores. Los
bebés fueron diagnosticados de estos defectos al momento
del nacimiento, se sometieron a cirugía fetal para tratar la enfermedad antes del nacimiento o necesitaron atención especializada inmediata después de nacer. La asistencia a las reuniones ha pasado de diez familias en la primera
reunión a más de 200 familias en el
evento de junio del 2011.
"La reunión
de la familia fetal es el día
favorito de nuestro equipo en el
año", dijo N. Scott Adzick, MD, cirujano en jefe del Hospital de Niños y director del Centro de Diagnóstico y Tratamiento Fetal. "Es realmente inspirador ver a tantos niños que probablemente hubiesen muerto y que
ahora pululan a nuestro alrededor y crecen
sanos y fuertes."
Los defectos al nacimiento son comunes, uno de cada 33 bebés en los EE.UU. nace
con uno cada año. Desde 1995, el Centro del CHOP para el Diagnóstico y
Tratamiento Fetal ha sido capaz
de atender a muchas familias
a quienes les dijeron que su bebé
tenía pocas posibilidades de sobrevivir.
Esta reunión anual es una oportunidad
para las familias del personal y para el paciente para reunirse y celebrar.
"Las familias
que se reunieron aquí hoy representan
a más de 10.000 mujeres embarazadas a quienes hemos sido capaces de ofrecer
esperanza y apoyo a lo largo de los
últimos 16 años", dijo Adzick. "Nuestra experiencia atrae a Filadelfia a gente desde el otro lado de los EE.UU. y de todo el mundo y estamos emocionados de tener a tantas familias
que vuelven a celebrar con nosotros
cada año."
miércoles, 28 de marzo de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
Newsweek, 25 de marzo del 2012, 23p.
MI PRUEBA ÁCIDA
Por Marc Lewis
En la mayor parte de mis 18 a 30 años, traté de reprogramar
mi cerebro mediante ingerir cuanta droga cayese en mis manos. Lo cual
probablemente ayuda a explicar por qué me volví un neurocientífico, estudiando
los cambios cerebrales suscitados por las drogas y su adicción.
Mis aventuras con la ingesta de drogas comenzaron a finales
de la década de 1960, cuando el mundo parecía estar abierto de par en par,
esperando para revelar sus maravillas. Acababa de llegar a Berkeley,
California, y mis nuevos amigos y yo fuimos hechizados con el potencial del LSD
(dietilamida de ácido lisérgico) para expandir la mente.
Despegue: Mi
primer viaje con ácido fue maravilloso y aterrador a la par. Estaba en el
apartamento de un amigo, en medio de una chusma variopinta de hippies, y tragué
una pequeña píldora morada durante un prolongado juego de Monopoly. Unos 45
minutos después, el cuarto empezó a desintegrarse. Tuve que dejar de jugar; ya
no podía leer los números en los dados. Los dados, las paredes enyesadas, las
voces parloteando, el vello facial de mis compatriotas, cada gestalt perceptual se separó en los
detalles que la integraban, moviéndose, cambiando, arremolinándose,
arreglándose por sí mismos en patrones de belleza geométrica o fealdad turgente.
Mis sentidos y pensamientos estaban fuera de control, y el mundo corría a toda
prisa y sin cesar.
Así que esto era lo que querían decir con "es mejor
vivir a través de la química". El LSD funciona en el cerebro al bloquear
los receptores de serotonina. El papel de la serotonina es reducir el ritmo de
disparo de las neuronas que se excitan de más a causa del volumen o la
intensidad de la información entrante. La serotonina filtra el ruido
indeseable, y los cerebros normales dependen de ello. Entonces, al bloquear la
serotonina, el LSD permite que la información fluya a través del cerebro sin
restricciones. Abre en pleno las compuertas —lo que el autor Aldous Huxley
llamó las "Puertas de la Percepción"—, y así fue como se sintió la
primera vez que lo tomé.
Astronauta interno:
El LSD fue inventado por el científico suizo Albert Hofmann en la década de
1930, pero sus propiedades psicodélicas no fueron evidentes hasta que él lo
probó en sí mismo, en 1943, y pensó que estaba volviéndose loco. Investigadores
psiquiátricos probaron a tratar desórdenes que iban desde la esquizofrenia
hasta el alcoholismo con LSD. La CÍA y los militares estadounidenses se unieron
a la escena en las décadas de 1950 y 1960, con la esperanza de manipular a tos
de arcoíris, o me lanzaba al surfeo de mi propia cognición conforme aumentaba
en profundidad. Quería quitarme mi blindaje mental y permitir que la realidad
entrase. Y no me rendí por varios años, hasta que el ácido finalmente se volvió
una rutina, y me vi arrastrado hacia aventuras más oscuras con drogas adictivas,
la heroína entre ellas.
Cambio gravitacional:
Es interesante señalar que la serotonina una vez más es el blanco de una
invasión química a nivel cultural, excepto que las drogas de serotonina que hoy
favorecemos cambian la experiencia humana a la dirección opuesta del LSD. Los
ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) como laparoxetina
(Paxil) y la fluoxetina (Prozac) son las píldoras más recetadas en EE UU,
usadas para tratar la depresión, la ansiedad, el trastorno por estrés postraumático,
el desorden obsesivo-compulsivo y las sensaciones indefinidas de asco. En vez
de deshacerse de la serotonina, estas drogas bloquean el proceso de reabsorción
para que la serotonina siga acumulándose en la sinapsis. El resultado: un manto
extragrueso de serotonina que filtra las intrusiones de la angustia y la
ansiedad, haciendo más seguros nuestros mundos internos. En vez del enciéndete,
sintonízate y retírate, nos ayudan a apagarnos, desintonizarnos y seguir
adelante, hacia una zona de seguridad solipsista, protegida de demasiada
realidad.
¿Qué nos dicen estas nuevas drogas de cómo percibimos
nuestro mundo y de nuestra cultura? Aparentemente, ahora no es tiempo de una
exploración exuberante sino un tiempo de resguardarse y jugar a la segura. En
vez de permitir que el mundo entre, con todas sus incertidumbres, tratamos de
mantenerlo afuera. Y una barricada de serotonina lo hace posible.
Las drogas que creamos, las drogas que tomamos, las drogas
de las que abusamos, ofrecen un antídoto idealizado a las ansias de nuestros
tiempos. El LSD nació de nuestra ansia de libertad. Los ISRS reflejan la
necesidad de seguridad. Como lo descubrí en mis propias exploraciones del
espacio interior, las remodelaciones moleculares nunca resuelven del todo el
problema; pero pueden mostrarnos dónde estamos y dónde hemos estado.
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