jueves, 23 de octubre de 2014

"Como algo que hubiese hecho el Señor"

Vivien Thomas en su Laboratorio de Experimentación Animal

 Vivien Thomas como Director de los Laboratorios de Investigación Quirúrgica

 Alfred Blalock

Helen Taussig



Vivien Theodore Thomas (29 agosto del 1910 - 26 noviembre de 1985) fue un técnico quirúrgico afroamericano que desarrolló los procedimientos usados ​​para tratar lo que se llamaba el síndrome de los bebés azules en la década de los 40 del siglo pasado. Thomas era el asistente del cirujano Alfred Blalock en su Laboratorio de Experimentación Animal en la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee y, más tarde, en la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Maryland. Se desempeñó como supervisor ​​de las prácticas de cirugía de la Universidad Johns Hopkins por 35 años.


Sin ningún tipo de educación formal, después de haber terminado la secundaria, Vivien Thomas superó el lastre de la pobreza y del racismo para convertirse en un pionero de la cirugía cardíaca y en un maestro de las técnicas operatorias que siguieron muchos de los cirujanos más prominentes de los Estados Unidos. Fue el primer afroamericano que, sin un doctorado, realizó una cirugía a corazón abierto en un paciente blanco en ese país.



Primeros años de vida:


Thomas nació en New Iberia, Louisiana. Nieto de un esclavo, asistió a la Pearl High School en Nashville, Tenesee, en la década de 1920. Tenía la esperanza de asistir a la universidad y convertirse en médico pero la Gran Depresión desbarató sus planes. Trabajó como carpintero en la Universidad de Vanderbilt en el verano de 1929 pero fue despedido en ese otoño aunque ya se había se casado (con Clara Flandes con la que tuvo dos hijas). Luego de la caída de la bolsa, en octubre de ese año, Thomas pospuso indefinidamente sus planes educativos. En febrero de 1930, a través de un amigo, consiguió trabajo como técnico de investigación quirúrgica con el Dr. Alfred Blalock en la Universidad de Vanderbilt. En su primer día de trabajo, Thomas asistió a éste en un experimento quirúrgico con un perro. Al finalizar,  Blalock le dijo que iban a hacer otro a la mañana siguiente. En unas semanas, Thomas ya estaba realizando los procesos quirúrgicos experimentales por su cuenta. Nueve meses después, los bancos de Nashville quebraron, la Gran Depresión se profundizó, sus ahorros se pulverizaron y abandonó definitivamente sus planes para ir a la universidad y a la escuela de medicina, aliviado, al menos, de tener un trabajo (mal pagado). Aunque constaba en la nómina de la Universidad como portero y se le pagaba como tal, en realidad, a mediados de la década de 1930, estaba haciendo el trabajo de un investigador postdoctoral en el laboratorio.



El trabajo con Blalock:


Thomas y Blalock innovaron la investigación sobre las causas hemorrágicas del choque traumático y su trabajo salvó la vida de miles de soldados en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. En cientos de experimentos, los dos refutaron las tradicionales teorías que sostenían que el choque era causado por toxinas en la sangre. Blalock, un pensador científico altamente original y algo iconoclasta, había teorizado que el choque se debía a la pérdida de líquidos fuera del lecho vascular y que la condición podía ser tratada eficazmente mediante su reposición. Asistido por Thomas, fue capaz de aportar pruebas irrefutables de su teoría y, al hacerlo, ganó un amplio reconocimiento en la comunidad médica a mediados de la década de 1930. Por el mismo tiempo, Blalock y Thomas empezaron sus trabajos experimentales en cirugía vascular y cardiaca desafiando todos los tabúes existentes. Esta labor sentó las bases de las revolucionarias cirugías que tantas vidas iban a salvar y que se iban a realizar en la Universidad Johns Hopkins una década después.



Trabajando en Johns Hopkins:


En 1940, el trabajo que Blalock había hecho con Thomas lo colocó a la vanguardia de la cirugía norteamericana y, cuando se le ofreció el cargo de Jefe de Cirugía en su Alma Mater, la Universidad Johns Hopkins en 1941, pidió a Thomas que lo acompañara. Thomas llegó a Baltimore con su familia en junio de ese año, enfrentando una severa escasez de vivienda y un nivel de racismo peor de lo que habían soportado en Nashville. En la Hopkins, como en el resto de Baltimore, fue rígidamente segregado ya que los únicos empleados negros de la institución eran conserjes. Cuando Thomas caminaba por los pasillos, en su bata blanca de laboratorio, muchas cabezas se volvían a mirarlo con asombro.



El síndrome del bebé azul:


En 1943, mientras llevaba adelante su investigación relacionada con el choque, Blalock fue abordado por la reconocida cardióloga pediatra Helen Taussig que buscaba una solución quirúrgica para el corazón afectado por cuatro complejas anomalías llamado tetralogía de Fallot (también conocido como síndrome del bebé azul, aunque igualmente otras malformaciones cardiacas producen cianosis o coloración azulada). En los bebés nacidos con este defecto, la sangre se desvía fuera de los pulmones lo que produce su desoxigenación y una palidez de tono azul. Después de haber tratado a muchos de estos pacientes en su trabajo en la Hopkins's Harriet Lane Home, Taussig estaba desesperada por encontrar una cura quirúrgica. Tal como lo cuenta Thomas en una entrevista con el historiador médico Peter Olch en 1967 y en su autobiografía de 1985, Taussig sugirió que quizás sería posible "volver a conectar las tuberías" para, de alguna manera, aumentar el flujo sanguíneo hacia los pulmones pero no sugirió cómo podría lograrse esto. Blalock y Thomas se dieron cuenta de inmediato que la respuesta estaba en un procedimiento que habían perfeccionado para un propósito diferente en su trabajo en Vanderbilt que implicaba la anastomosis de la arteria subclavia a la arteria pulmonar lo que tenía el efecto de aumentar el flujo de sangre en los pulmones. Thomas fue encargado de la tarea de crear primero una condición semejante a la de los bebés azules en un perro y, luego, corregirla por medio de la anastomosis pulmonar a la subclavia. Entre los perros que Thomas operó hubo una, llamada Anna, que se convirtió en el primer sobreviviente a largo plazo y en el único animal que tiene su retrato colgado en las paredes de Johns Hopkins. En casi dos años de trabajo de laboratorio, en el que participaron unos 200 perros, Thomas finalmente fue capaz de replicar sólo dos de las cuatro anomalías cardíacas implicadas en la tetralogía de Fallot pero demostró que el procedimiento correctivo no era letal, por lo tanto pudo persuadir a Blalock de que la operación podría intentarse con seguridad en un paciente humano. A pesar del conocimiento que había acumulado, a Thomas no se le permitió operar pacientes en ese momento y él, siguiendo las reglas de Blalock, le ayudó durante la cirugía.



La cirugía decisiva:


El 29 de noviembre de 1944, el procedimiento se intentó por primera vez en una niña de dieciocho meses de edad llamada Eileen Saxon. El síndrome había tornado sus labios y dedos muy azules y tenía el resto de su piel con un muy tenue tinte azulado. Ella únicamente podía dar unos pocos pasos porque tan sólo eso le hacía respirar con dificultad. Debido a que en esa época no existían instrumentos para cirugía cardiaca, Thomas adaptó para el procedimiento las agujas y abrazaderas de las que usaba en el laboratorio animal. Durante la cirugía en sí, a petición de Blalock, Thomas se puso de pie en un taburete por sobre su hombro y dirigió paso a paso el procedimiento. Thomas había realizado esa operación cientos de veces en perros y Blalock solamente estuvo una vez como su asistente. La cirugía no fue un éxito completo, aunque prologó la vida de la niña durante varios meses. Blalock y su equipo operaron de nuevo a una niña de once años de edad, esta vez con éxito, y la paciente fue capaz de salir del hospital tres semanas después de la cirugía. A continuación, se volvió a utilizar el procedimiento en un niño de seis años de edad, quien recuperó dramáticamente su color al finalizar la cirugía. Los tres casos fueron la base del artículo que fue publicado en la edición de mayo de 1945 del Journal of the American Medical Association, dando crédito únicamente a Blalock y a Taussig por el procedimiento sin que Thomas haya sido siquiera mencionado.


Las noticias relacionadas con este histórico evento se distribuyeron rápidamente en todo el mundo lo que elevó el prestigio de la Johns Hopkins y solidificó la reputación de Blalock quien, hasta ese momento, había sido considerado como un rebelde por algunos miembros de la vieja guardia científica. La contribución de Thomas, en cambio, permaneció inédita. A partir de su primera realización, en el plazo de un año, la operación que empezó a conocerse como shunt de Blalock-Taussig ya se había realizado en más de 200 pacientes en Johns Hopkins en niños cuyos padres los llevaban desde miles de kilómetros de distancia.


Las técnicas quirúrgicas de Thomas incluyeron una que desarrolló en 1946 para mejorar la circulación en pacientes cuyos grandes vasos (la aorta y la arteria pulmonar) estaban transpuestos: una compleja cirugía que se denominó septostomía auricular, realizada de manera tan impecable por Thomas que Blalock, al examinar la línea de sutura casi indetectable, dijo "Vivien, esto parece algo que hizo el Señor". Thomas entrenó durante la década de 1940 a un ejército de jóvenes cirujanos para los que se convirtió en una figura de leyenda, el modelo del cirujano de corte diestro y eficiente. El reconocido cirujano Denton Cooley dijo a la revista Washingtonian en 1989: "Incluso si nunca hubieras visto antes la cirugía, uno podría hacerla porque Vivien la hizo parecer tan simple", "No había un movimiento en falso, ni un movimiento perdido cuando él trabajaba". Junto con Cooley, instruyó en técnicas quirúrgicas a cirujanos como Alex Haller, Frank Spencer, Rowena Spencer y a muchos otros que colocaron la medicina de los Estados Unidos a la vanguardia en el mundo.


A pesar del profundo respeto que Thomas inspiraba en estos cirujanos y en muchos técnicos del laboratorio, en Hopkins no estaba bien remunerado y tuvo que recurrir, ocasionalmente, a trabajar como camarero, a menudo en las fiestas de Blalock (¡!). Esto llevó a la increíble circunstancia de que al final del día servía bebidas a la gente a la que había estado enseñando en la mañana. Finalmente, después de muchas negociaciones hechas en su nombre por Blalock, se convirtió en el técnico mejor pagado de la Universidad en 1946 y, con mucho, en el afroamericano de mejor sueldo en la institución.


Aunque Thomas nunca escribió o habló públicamente acerca de su deseo de volver a la universidad y obtener un título de médico, su viuda reveló, en una entrevista de 1987, con la escritora Katie McCabe de la revista Washingtonian, que su marido hasta el período del bebé azul aún se mostraba aferrado a la posibilidad de obtener una mayor educación y que sólo había abandonado esa idea con gran renuencia. La señora Thomas declaró que en 1947 Vivien estaba investigado la posibilidad de matricularse en la universidad y perseguir su sueño de convertirse en médico pero había sido disuadido por la inflexibilidad de la Universidad Estatal Morgan que se negó a concederle créditos por experiencia de vida e insistió en que tenía que cumplir los requisitos estándares del primer año. Al darse cuenta de que estaría por cumplir los 50 años de edad para el momento en que terminase la universidad y la escuela de medicina, Thomas decidió abandonar la idea de la educación superior.



Relaciones con Blalock:


A lo largo de su asociación durante 34 años, el enfoque que dio Blalock a la cuestión de la raza de Thomas fue complicado y contradictorio. Por un lado, defendió su elección ante sus superiores en Vanderbilt y ante sus colegas en Hopkins, e insistió en que Thomas lo acompañase en la sala de operaciones durante la primera serie de procedimientos para tratar la tetralogía de Fallot. Por el otro, parecía tener límites en su tolerancia, sobre todo cuando se trataba de cuestiones de remuneración, reconocimiento académico y en su interacción social fuera del trabajo.


Tras la muerte de Blalock por cáncer en 1964, a la edad de 65 años, Thomas se quedó en Hopkins 15 años más. En su papel de director de los Laboratorios de Investigación Quirúrgica, fue el mentor de una serie de técnicos de laboratorio afroamericanos, así como del primer médico residente de raza negra de Cirugía del Hopkins, el Dr. Levi Watkins, Jr., a quien Thomas ayudó con su trabajo pionero en el uso del desfibrilador automático implantable.


Su sobrino, Koco Eaton, se graduó en la Escuela de Medicina de Johns Hopkins y fue alumno de muchos de los médicos que su tío había entrenado antes. Eaton se especializó en ortopedia y ahora es el médico del equipo de béisbol profesional Rays de Tampa Bay.



Reconocimiento Institucional:


En 1968, los cirujanos que Thomas había adiestrado -que entonces se habían convertido en jefes de sus Departamentos Quirúrgicos a través de todos los Estados Unidos- encargaron la pintura de su retrato (un óleo sobre lienzo realizado por Bob Gee en 1969) y se dispuso que éste se cuelgue al lado del retrato de Blalock en el vestíbulo del Edificio Alfred Blalock de Ciencias Clínicas.


En 1976, la Universidad Johns Hopkins le concedió un Doctorado Honoris Causa pero, debido a ciertas restricciones, por increíble que parezca, recibió un Doctorado Honoris Causa en Derecho, en lugar de un Doctorado en Medicina, pero al menos esto permitió que el personal y los estudiantes de la Escuela de Medicina y del Hospital Johns Hopkins lo pudiesen llamar doctor. Después de haber trabajado por 37 años, Thomas también fue nombrado por la Facultad de la Escuela de Medicina como Instructor de Cirugía.


En julio del 2005, la Escuela de Medicina de Johns Hopkins comenzó la práctica de dividir a los estudiantes de primer año entrantes en cuatro universidades; cada una llevando el nombre de famosos miembros de la facultad que tuvieron un gran impacto en la historia de la medicina. Thomas fue elegido como uno de los cuatro junto con Helen Taussig, Florencia Sabin y Daniel Nathans.



Legado:


Después de su retiro en 1979, Thomas comenzó a trabajar en una autobiografía. Murió de cáncer de páncreas el 26 de noviembre de 1985 y su libro fue publicado apenas unos días después. Luego de haber conocido de cerca a Thomas hasta poco antes de su muerte, la escritora Katie McCabe llevó su historia hacia la atención del gran público por primera vez en un artículo de 1989 titulado "Like Something the Lord Made" que ganó el National Magazine Award de 1990 y que inspiró al cineasta Andrea Kalin para realizar el documental de PBS "Partners of the Heart", que fue transmitido en el 2003 en American Experience de PBS y ganó el Premio Erik Barnouw de Historiadores Americanos para Mejor Documental Histórico en el 2004. El artículo de McCabe, inspiró la película para televisión de la cadena HBO titulada "Like Something the Lord Made".


El legado de Thomas como educador y científico continuó con la instauración de los Premios Vivien Thomas para Investigadores Jóvenes, propuesta por el Consejo de Cirugía Cardiovascular y Anestesiología y que se otorgan desde 1996. En 1993, la Congressional Black Caucus Foundation instituyó la Beca Vivien Thomas para la Ciencia y la Investigación Médica patrocinada por Glaxo Smith Kline. En el otoño del 2004, el Sistema de Escuelas Públicas de la Ciudad de Baltimore abrió la Academia Vivien T. Thomas de Artes Médicas.



Quienes deseen profundizar en la historia social del epónimo Blalock-Taussig-Thomas pueden descargar este documento: https://mega.co.nz/#!k9EjQS6Y!h_6W1TiZkvQYnQnH-7yz0UNOb5NDOLQf4fN437iHHgA

sábado, 18 de octubre de 2014

El Ebola desde el punto de vista africano


El Ebola desde el punto de vista occidental

Caricatura de Marian Kamensky

"Sangre"

Imagen de Frank Weilbauer en un homenaje que, junto con otros médicos, hizo la Academia Ecuatoriana de Medicina el 17 de noviembre del 2012.


Sangre.

Artículo de Opinión de Pablo Cuvi publicado el 18 de octubre en Diario EL COMERCIO de Quito.



El título no puede ser más simple, pero sugiere cosas muy graves porque la sangre tiene mala prensa al hallarse ligada a noticias de guerras, accidentes y asesinatos. Sin embargo, es el fluido esencial de la vida humana, un milagro rojo e incesante que conoce mejor que nadie el doctor Frank Weilbauer, quien empezó a estudiar a fondo la sangre desde que marchó a especializarse en Alemania a fines de los años cincuenta, y a sus 84 años muy bien trajinados continúa atendiendo pacientes en su consultorio, es el jugador de tenis más antiguo de El Condado, aún pasea por las montañas y es una enciclopedia viviente no solo de su especialidad, la hematología, sino del mundo de la medicina criolla.

No hay galeno quiteño que no haya oído o aprendido algo del dinámico patriarca.

De origen judío, también los Weilbauer llegaron a Quito escapando del nazismo en vísperas de la II Guerra Mundial. Luego de pasar por diversos colegios, Frank ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Central en 1949, un año después de que el doctor Benjamin Wandemberg creara aquí el Banco de Sangre que tantas vidas ha salvado.

Oírle contar las anécdotas de sus tiempos de estudiante universitario −cuando la facultad y el hospital del Seguro Social, donde hiciera el internado, funcionaban todavía en el Centro Histórico− es recuperar la memoria de ese Quito que despertaba tímidamente a la modernidad y asistía, en el campo médico, a la llegada de drogas tan milagrosas como la penicilina y la cortisona, mientras la escuela norteamericana desplazaba a la tradición francesa en los medios académicos. Luego de los estudios y prácticas clínicas, primero en Múnich, luego en Boston, el joven doctor Weilbauer volvió a su país (porque siempre se sintió tan ecuatoriano como el que más) trayendo una especialidad que no existía acá: la hematología, es decir, el estudio de las enfermedades de la sangre. Era tal la necesidad de conocer la novedad científica que le tuvieron dando conferencias y seminarios por todo el Ecuador un par de años hasta que arrancó con su cátedra en la Facultad de Medicina y, luego de pasar un lapso en el Hospital Militar, inauguró el Servicio de Hematología de la Cruz Roja en 1967.

Desde entonces fue el abanderado, entre otras causas, de las donaciones voluntarias, al tiempo que iniciaba el tratamiento de la leucemia, sobre todo infantil, y se convertía en el principal referente del tema.

Eso lo corrobora una larga lista de publicaciones y medallas, pero quizás lo más importante de charlar con él sea que nos devuelve la confianza en el trabajo sacrificado de estos médicos e investigadores que se pasan la vida combatiendo a la muerte pero les toca aguantar la incomprensión, no solo de las autoridades sino de algunos pacientes y familiares guiados por esa creencia que ironizaba un doctor de mi infancia: “Si se muere, lo mató el médico, pero si se salva, lo salvó el Divino Niño”.

miércoles, 15 de octubre de 2014

¿Una rueda de agua? ¡Cómo no se le ocurrió a nadie antes!

De prosperar esta idea, se acabaría la imagen de mujeres y niños cargando con el agua a la cabeza. Este invento permite empujar 50 litros, ahorrando tiempo y problemas de salud.

Por: María López Escorial, Diario El País, 14 de octubre del 2014.

Parecería que en el transporte de agua estaba todo inventado, desde los acueductos romanos hasta la domótica más sofisticada. Pero no es así. Todavía, una de cada seis personas en el mundo utiliza un 25% de su tiempo diario en acarrear cubos de 20 litros en la cabeza, recorriendo una media de ocho kilómetros. Cualquier cosa que de forma simple mejore este proceso en tiempo, salud o comodidad es un gran invento que, desde mi punto de vista, se convierte en un bien para la Humanidad.

Esto es lo que intenta conseguir Wello con su WaterWheel, la rueda que permite a cualquiera empujar agua en vez de transportarla en la cabeza en recipientes.

Los creadores estiman que puede ahorrar hasta 35 horas a la semana en el transporte de agua a la vez que impedir los problemas físicos —dolores de espalda, de cabeza e incluso problemas en el parto— derivados de cargarla todos los días. Libera un tiempo precioso —¡35 horas a la semana!— que permite a las niñas ir a la escuela y a las mujeres realizar trabajos generadores de ingresos para mejorar las finanzas familiares.

Ha ocurrido, además, un efecto inesperado: el invento ha conseguido una popularidad sin precedentes entre los hombres que ven la rueda de agua como un utensilio de trabajo. Ir a recoger agua ya no es un trabajo "femenino", en sentido peyorativo, sino que requiere el uso de una herramienta. Según Cynthia Koenig, fundadora de Wello y emprendedora social de Nueva York, "a los hombres les encanta usarla, por lo que las mujeres se pueden dedicar a hacer otras cosas. O se reparten la labor y él la utiliza cuatro días a la semana y ella dos. Esto ha reducido significativamente la carga de las mujeres". Además de haber dignificado este trabajo, añade.

A pesar de lo sencilla que puede parecer la rueda, Wellowater todavía se encuentra en la primera fase de desarrollo. Se ha estado probando un piloto del producto en comunidades rurales de la India, dónde han realizado más de 1.500 entrevistas con posibles clientes.

Como para cualquier empresa, por muy buena que sea la idea, todavía le queda un largo camino para convertirse en una empresa social rentable. De momento, está siguiendo los pasos necesarios para que sea un éxito.

WaterWheel cubre una clara necesidad de las personas más pobres mejorando su vida. Según la OMS, mil millones de personas viven, al menos, a una milla de una fuente de agua potable. Cada día se pasan 200 millones de horas recogiendo agua en el mundo, siendo las mujeres las que invierten un 25% de su día haciéndolo de una manera, además, perjudicial para la salud. 

El invento puede ahorrar hasta 35 horas a la semana en el transporte de agua y evitar muchas dolencias y, por tanto, el producto cubre una necesidad mejor que las alternativas existentes, pues permite transportar 50 litros de una vez, entre tres y cinco veces más que con los métodos tradicionales. Se hace de forma higiénica, con un tapón diseñado para que el agua no se vuelva a contaminar a la hora de usarla. La estrategia más segura para reducir la diarrea, según la OMS. 

Hay que añadir que se ha diseñado con la colaboración de los usuarios con plástico de alta calidad y seguro para el uso humano, capaz de resistir al terreno más agreste. En este proceso, de la rueda que inicialmente idearon, con 100 litros de capacidad, han pasado a la actual, con la mitad, mucho más fácil de manejar. La forma, además, recuerda al matka (recipiente habitual para recoger agua en India) y que significa "agua limpia".

Por supuesto, el hecho de que sea asequible está en las prioridades de la empresa. En este momento, Wellowater tiene un precio de entre 20 y 30 dólares, con producción local en la India. Es, todavía, un coste elevado para los más empobrecidos, pero que desde mi punto de vista se podrá abaratar al llegar a cierta escala. Y sería importante poder financiar la compra del producto con un programa de microcréditos asociado.

Los clientes dirán si es una buen idea.


jueves, 9 de octubre de 2014

"Las mangas me quedaban cortas"

El doctor Juan Manuel Parra, médico adjunto de urgencias del Hospital de Alcorcón (Madrid), de 41 años, se enfrentó durante 16 horas casi en solitario a la tarea de salvar la vida a Teresa Romero, el primer caso de contagio de ébola fuera de África. Desde las ocho de la mañana del lunes día 6 hasta pasada la medianoche asumió el riesgo de atender en persona a una paciente cuyo estado empeoró de forma vertiginosa y que presentó abundantes diarreas, vómitos y tos con expectoración. Hasta en 13 ocasiones tuvo que quitarse y ponerse el traje de protección, con el consiguiente peligro de contagio, y no fue hasta las cinco de la tarde cuando se puso de la vestimenta de mayor nivel de seguridad que había en el hospital, que además no era de su talla. “Las mangas me quedan cortas en todo momento”, asegura el doctor, por escrito, en el relato de todo lo que pasó durante esas más de 16 horas que ha enviado a sus superiores.

El doctor Parra, especialista en medicina familiar y comunitaria, con 14 años de experiencia, se incorporó a la guardia a las ocho de la mañana del lunes, cuando Romero ya estaba en el box de aislamiento del Hospital de Alcorcón, después de llegar en una ambulancia convencional. El centro activó el protocolo ante un posible caso de ébola porque la propia paciente avisó a su llegada de que había tenido contacto con el virus. “En el momento de mi decisión de asumir a la paciente y hacerme cargo de su situación, soy yo el único médico que se encargará de atenderla mientras se encuentra aquí, acompañado en mis visitas a la habitación con personal de enfermería. Prohíbo el paso a la habitación si no entro yo en ella”, asegura el médico en su relato por escrito. Varios enfermeros se turnan para entrar en el box con él.

La infectada presenta a esa hora los primeros síntomas: exantema (erupción cutánea) en tronco e ingles, mialgias y malestar. Tiene además tos “con expectoración”, indica el doctor, quien solicita entonces permiso para extraer una muestra de ébola. Hasta entonces, el médico de urgencias y los enfermeros entran en la habitación donde está la paciente con un “traje de primer nivel”: una bata impermeable, dobles guantes, un gorro y una mascarilla quirúrgica. Parra da orden de cambiar la mascarilla por una de alta protección, pero aún no llevan puesta la vestimenta de mayor nivel de seguridad. “Durante este tiempo, la paciente comienza a mostrar signos de empeoramiento clínico con tendencia a hipotensión, náuseas y malestar, obligando a actuación de medidas de soporte”, detalla el especialista.

El estado de la enfermera evoluciona a toda velocidad y en torno a las once de la mañana Parra avisa a sus superiores “del estado de empeoramiento de la paciente, con presencia de diarrea y mayor afectación, lo que provoca nuevas entradas en box de aislamiento para ayuda y soporte clínico”. Alerta de “la necesidad de una actuación inmediata”.

El doctor Parra es en esos momentos el máximo responsable del estado de salud de Romero y quien asume los mayores riesgos de contagio por ébola, junto a los enfermeros que le ayudan, pero él no es el primer informado de que el análisis inicial realizado a la paciente ha dado positivo en el virus. Se entera por los medios de comunicación. “Aunque la primera muestra es positiva no tengo conocimiento de ella directa salvo por la prensa”, precisa en la carta. Desde por la mañana ya venía actuando como si lo fuera, pero nada más que por “intuición clínica”. Su narración prosigue: “La paciente continúa con importante clínica, forzando más entradas por mi parte en dicho box”.

A las cinco de la tarde se le informa de la “posibilidad” de que el resultado sea positivo por ébola. Es entonces cuando proceden a protegerse con el traje “de mayor nivel facilitado por este hospital”: un buzo íntegro, con máscara, gafas, dobles guantes y una cobertura para el calzado. Pero esa vestimenta le queda pequeña. “Las mangas me quedan cortas en todo momento”, escribe. Le quedan al descubierto parte de las muñecas.

A partir de ese momento es, probablemente, cuando mayor riesgo asume el personal sanitario del Hospital de Alcorcón. La enfermera “continúa con mayor fallo, encontrándose con abundantes diarreas, vómitos, mialgias y comienza con fiebre de hasta 38”. El estado de la enferma les obliga a entrar una y otra vez en el box de aislamiento.

Romero es consciente en todo momento del peligro que está suponiendo para sus compañeros atenderla. Ella misma está muy pendiente de su actuación, advirtiéndoles de que tengan cuidado al manipular sus residuos, según fuentes sanitarias. Ellos trabajan de la forma más cuidadosa que pueden, procediendo, relata Parra, en "cumplimiento estricto del protocolo asignado y vigilancia mutua en la retirada de los trajes de protección”.

El médico solicita a las seis de la tarde que la enferma sea trasladada al Hospital Carlos III, el centro de referencia para los casos de ébola, “por el alto riesgo de complicación e inestabilidad y el requerimiento constante en condiciones de diarrea, tos, expectoración, vómitos con presencia de menstruación de la paciente”.

Una hora después llega la confirmación, gracias al segundo análisis, de que su paciente está infectada por ébola. Él lleva ya once horas tratando de salvarle la vida. De nuevo, nadie se lo comunica. “Vuelvo a enterarme antes por medios periodísticos que directamente con la autoridad competente”. El médico insiste en pedir el traslado de la contagiada al Carlos III, por la “complicación clínica de la paciente y su deterioro progresivo”. Aún faltarían cinco horas para que, pasadas las doce de la noche, llegase la ambulancia y terminara, por fin, la lucha del doctor Parra.

El doctor Juan Manuel Parra quedó ingresado en aislamiento en la tarde de ayer en el Hospital Carlos III de Madrid. Acudió por su propio pie al centro sanitario, adonde se dirigió en Cercanías desde su domicilio. Él mismo había solicitado el ingreso para ser sometido a una mayor vigilancia y control, dado su estrecho contacto con la paciente infectada por ébola. El protocolo del Ministerio de Sanidad solo establecía que se tomara la temperatura dos veces al día durante 21 días. Podía hacer vida normal y, de hecho, ha estado acudiendo al hospital. No ha presentado síntomas de ébola, con lo cual, en el caso de estar infectado no podría contagiar a nadie.

El médico mantuvo una reunión ayer con la responsable de prevención de riesgos laborales del sindicato médico al que pertenece, AMYTS (Asociación de Médicos y Titulados Superiores de Madrid), y ambos estuvieron de acuerdo en solicitar el ingreso, dijera lo que dijera el protocolo. “Lo dice el sentido común”, explica Julián Esquerra, secretario general del sindicato. “Estamos hablando de alguien que no ha tenido solo una vigilancia activa de un paciente con ébola, sino alguien que ha entrado plenamente en contacto con un contagiado”.

El objetivo de su solicitud es que “se le asista preventivamente”, indica Esquerra, y que tenga todos los medios asistenciales a su alcance. Fuentes cercanas al especialista indican que está algo preocupado, porque es ahora cuando ha sido consciente del riesgo que ha asumido, aunque cree que no tuvo fallos al seguir el protocolo de protección.

FUENTE: Diario El País, versión digital, 09 de octubre del 2014