viernes, 12 de abril de 2019

La foto ganadora del World Press Photo del 2019


El 12 de junio de 2018, la niña hondureña Yanela Sánchez llora cuando ella y su madre, Sandra Sánchez, son detenidas por funcionarios de la frontera de Estados Unidos en McAllen, Texas, EE. UU., El 12 de junio.

Las familias inmigrantes habían viajado en balsa por el río Bravo desde México y luego fueron detenidas por las autoridades de los Estados Unidos. Sandra Sánchez dijo que ella y su hija habían estado viajando por un mes a través de América Central y México antes de llegar a los Estados Unidos para buscar asilo. La Administración Trump había anunciado una política de "tolerancia cero" en la frontera bajo la cual los inmigrantes atrapados en los Estados Unidos podrían ser procesados ​​penalmente. Como resultado, muchos padres aprehendidos fueron separados de sus hijos, a menudo enviados a diferentes centros de detención. Después de que esta imagen se publicara en todo el mundo, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos confirmó que Yanela y su madre no se encontraban entre los miles que habían sido separados por funcionarios de los Estados Unidos. Sin embargo, la protesta pública sobre la polémica práctica dio lugar a que el presidente Donald Trump revirtiera la política el 20 de junio.

Fotógrafo: John Moore (Getty Images)

FUENTE:

https://www.worldpressphoto.org/collection/photo/2019/38262/1/John-Moore-(2)



martes, 9 de abril de 2019

En Paraguay el hijo de Carmen Quinteros tiene a su madre en prisión


Por  Santi Carneri

La teniente de fragata Carmen Quinteros Giménez solo quiso que le dieran permiso para amamantar a su hijo. Hace dos años y medio, tras terminar seis meses de permiso por maternidad, pidió que la excluyeran de las guardias de 24 horas cada tres días que hacían sus compañeros. Pero sus comandantes se lo negaron y la Justicia militar también. Fue la primera uniformada en reclamar su derecho y su caso obligó a crear salas de lactancia en los cuarteles. Pero la semana pasada, la Corte Suprema confirmó que Quinteros deberá cumplir con 45 días de prisión por una falta disciplinaria. Podrá cumplir la pena en su domicilio.

Quinteros, de 33 años, recurrió a la justicia civil, apelando al derecho del niño a recibir la nutrición correspondiente. Un juzgado de la niñez le dio la razón y exhortó a su comandante a darle los permisos. Pero el militar, según su abogado, la sacó de su puesto administrativo original y la envió a una unidad operativa con permanencias en el cuartel de hasta 32 horas. Quizá sin proponérselo, Quinteros comenzó un pulso entre el derecho civil y el castrense en el país que sufrió la dictadura militar más larga de Latinoamérica (1954-1989), un pulso que aún no ha terminado.

Cuando el caso se hizo público en 2017, hubo movilizaciones y el debate llegó al Congreso. Los superiores de Quinteros intentaron entonces enviarla dos años a la cárcel por calumnias. El defensor del Pueblo presentó un habeas corpus para evitarlo. El lunes pasado, tras el fallo de la Corte que avaló la pena impuesta contra Quinteros por un tribunal militar, los abogados de la teniente pidieron la intermediación del presidente Mario Abdo Benítez. El mandatario, sin embargo, advirtió el martes que es poco lo que puede hacer. “Yo no puedo ir contra la ley. Hicimos las averiguaciones para saber cómo está el caso, pero los asesores jurídicos de la Presidencia me dicen que no está en nuestra atribución” interceder, dijo.

Quinteros está acostumbrada a asumir desafíos. Fue la mejor graduada de su promoción y desde entonces cumplió y honró sus deberes castrenses. Nunca tuvo una falta. Hasta que con el nacimiento de su hijo chocó con un desafío inesperado que la obligó a confrontar con todo el estamento militar.

La teniente solicitó al entonces almirante Hugo Milciades Scolari Pagliaro, ahora retirado, trabajar de siete de la mañana a seis de la tarde para estar por la noche en su casa y cumplir con la lactancia. Según la fiscal de la Niñez de Asunción, Monaliza Muñoz, que recibió la denuncia de Quinteros, le daban la razón la Convención sobre los Derechos del Niño, la Constitución paraguaya y la ley de lactancia materna de 2015. Pero el estatuto del personal militar de 1997, que prevé los permisos de maternidad, aunque no los reglamenta, deja la decisión en manos del comandante. Una ley en la que la palabra mujer no aparece ni una vez.

“Los comandantes tenían la facultad de conceder esos permisos. Ninguno accedió. Pero el niño no deja de ser niño porque su mamá sea militar”, dice Muñoz. “Es un derecho del niño, no solo de la madre, porque puede afectar a su salud. Ella no ha violado ningún reglamento, ha cumplido con todos los servicios, solo se trataba de adecuar su jornada laboral”, añadió la fiscal. El abogado defensor en el proceso militar, Carlos Luis Mendoza Peña, dice que Quinteros “fue la primera mujer militar que reclamó su derecho marcando un antes y un después en el Ejército”. “Mientras que en la Fuerza Aérea ya había un autobús dispuesto para llevar a las madres a su casa, su comandante en la Armada solo creo las salas de lactancia por la presión del caso”, añadió.

La ministra de la Mujer, Nilda Romero, dijo que “la sanción [contra Quinteros] está fuera de tiempo y es un mal precedente”. También destacó que la teniente podrá recurrir a la Justicia internacional, ahora que ha agotado todas las instancias nacionales. El Frente Mujer del Partido Paraguay Pyahura declaró en un comunicado que la actitud de los militares “deja al desnudo el machismo institucional existente dentro de las Fuerzas Armadas”.

 

domingo, 31 de marzo de 2019

Los niños del ISIS


“Cuidad de mis hijos porque, aunque yo muera, ellos son las semillas del califato”, fueron las palabras que una yihadista dirigió a la enfermera jefe. Lo hizo señalando las cunas en las que 75 niños nacidos de combatientes del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) luchan por sobrevivir en un hospital kurdo del noreste de Siria. Son los bebés nacidos en el reducto del califato, el poblacho de Baguz donde tuvo lugar la última batalla librada contra el ISIS por las milicias kurdo-árabes, en el desierto sirio y fronterizo con Irak. De rasgos asiáticos, africanos o europeos, han sido evacuados desde los campos de acogida para miembros del ISIS donde están ahora sus madres, procedentes de todo el mundo que respondieron a la llamada del líder de Estado Islámico, Abubakr al Bagdadi, para que poblaran el nuevo territorio. Algunos son huérfanos, pero otros han sido ingresados en este hospital al que vienen a visitarles sus madres, cautivas en los campos de acogida.

Casi ninguno de estos bebés tiene más de tres años; todos aparentan tener pocos meses. Estigmatizados por ser descendientes del ISIS, su mera existencia plantea un reto para los países de origen de sus padres. Hay países que han optado por repatriar a los huérfanos o permitir el retorno y otros no se hacen cargo de unos niños que, desde las cunas, no lanzan proclamas yihadistas sino roncas respiraciones, sonoras toses y escalofriantes llantos.

Docenas de pares de ojos sobresalen de unas amarillentas caras con cabezas rapadas, algunas con puntos de sutura, otras, quemadas. Esas cicatrices son las únicas marcas que se atisban en estos pequeños que han sobrevivido a una guerra. En la cuna que preside la sala, tres bebés permanecen sentados, los ojos bien abiertos, inmóviles, en silencio, pero en alerta. No lloran, no gimen, no reaccionan a carantoñas. Los niños, con huesudos brazos, se debaten entre la vida y la muerte con una vía conectada. Como lo hicieran, sin éxito, los 123 bebés muertos desde diciembre en esta zona por desnutrición, hipotermia o problemas respiratorios.

Maya es el seudónimo que elige esta enfermera a cargo de un equipo de 12 cuidadoras y otras tres sanitarias, porque aún temen al ISIS. “Se han escapado muchos yihadistas de los campos y tememos que vengan aquí en busca de venganza por los niños fallecidos”, relatan solicitando no mencionar el nombre del centro hospitalario. Una mujer, que asegura llamarse Meriam el Alí y ser noruega de origen somalí, entra en el cuarto. Detrás del niqab y en un inglés fluido, una desafiante voz exige cuidados para su sobrino, un bebé de aspecto triste y largas pestañas. La mirada de desprecio que le brindan las cuidadoras es intensísima. “Hacemos un sobresfuerzo para mantener a decenas de miles de personas del ISIS en los campos y prisiones con unos recursos limitados y haciendo frente a nuestros propios heridos, la rehabilitación de las infraestructuras y el coste de la guerra”, protesta un oficial de las fuerzas de seguridad kurdas. “Lo que pedimos es que sus países de origen se hagan cargo”, acota.

“Cualquiera que sea el crimen que han cometido sus padres, los más de 3.500 niños extranjeros que languidecen en los diferentes campos del noreste de Siria son claramente víctimas inocentes del conflicto y deberían ser repatriados a sus países de origen para garantizar su seguridad y bienestar”, apunta en un correo electrónico Paul Donohoe, portavoz de la ONG Comité Internacional de Rescate (CIR) que trabaja en los campos de acogida en el noreste de Siria. “Ya hemos sobrepasado las 75.000 personas”, asevera al teléfono un empleado del centro de acogida de Al Hol. La ONG Save The Children eleva a 40.000 el número de menores en ese campo; de ellos 250 no acompañados, según el CIR.

Minúsculos brazaletes azules o rosas identifican el sexo de los bebés y en ellos garabatean sus nombres. En la cuna número 15, tan solo se lee mahjul, desconocido en árabe. “Hay al menos una veintena de huérfanos en las dos salas”, calcula Maya. De todos ellos, el bebé sin nombre es el único que logra esbozar una sonrisa.


FOTOGRAFÍAS DE NATALIA SANCHA