jueves, 29 de diciembre de 2016

«Ver en el hospital el lado bonito de la Navidad es muy difícil»





Por Laura Peraita

Las luces de la Navidad se miran con otros ojos cuando se atraviesan las puertas de un hospital infantil. Sus pasillos se engalanan para dar constancia de que es tiempo de adviento. Parecen hacer un esfuerzo por tildar de luz y color el espíritu de las familias que en estas fechas han hecho del centro hospitalario su hogar para acompañar a los niños allí ingresados.

De hecho, tal y como asegura Pilar Herreros, supervisora del Servicio de Oncohematología y Trasplante del Hospital Niño Jesús de Madrid, además de los adornos, es la época del año en que el hospital se llena de más mascarillas. En un alarde de generosidad se permite la visita de muchos más familiares de los pequeños pacientes. «Hermanos, tíos, abuelos, primos, compañeros de colegio... Todos vienen a ver a los niños y deben ponerse mascarillas para evitar que puedan traer microbios de la calle que puedan perjudicarles».

Sentimientos encontrados

Lo normal es que las familias quieran pasar, al menos, la Nochebuena, la Navidad, Nochevieja y Reyes Magos en sus casas, lejos del hospital. Pero no siempre es así. «Los padres tienen sentimientos contradictorios. Por un lado quieren disfrutar de una comida o cena familiar en casa retomando una vida normalizada con sus hijos. Sin embargo, –matiza Pilar Herreros– también les invade un sentimiento de temor e inseguridad por dudar si sabrán reaccionar bien si el niño tiene unas décimas o no se encuentra bien. Solo el personal médico es el que decide si el pequeño está en condiciones de ir a casa una noche en una fecha tan señalada. Cuando es así las familias se marchan con un arsenal de indicaciones para que el estado de salud no empeore».

Pero si no reciben el alta, los padres tragan saliva e intentan convencerse de que no pasa nada y que lo más importante es que el niño esté bien y no les vea tristes por ello. Además, si no pueden ir a casa por Navidad, la Navidad va hasta ellos. Los familiares adornan las habitaciones e, incluso colocan cintas de colores en los carritos de suero.

El 24 y el 31 de diciembre se permite, siempre que no lleven dieta estricta, que las madres les lleven la cena preparada de casa a la habitación. Algo diferente al menú que toman a diario en el hospital y que les haga sentir que es un momento especial. También pueden quedarse el padre y la madre a dormir con ellos, porque el resto del año solo se puede quedar uno. «Es importante que los niños se sientan acompañados y se den cuenta de que sus padres están ahí y se preocupan por ellos y por hacerles felices. El buen ánimo –explica Pilar Herreros– es muy positivo para su proceso de curación».

Sin festival del colegio

No obstante, y sobre todo aquellos pacientes que son un poco más mayores, sufren especialmente en estas fechas y quieren que las navidades pasen cuanto antes porque echan de menos estar en el festival del colegio, participar en la decoración de la clase, en las fiestas, pasear mirando las luces de los escaparates, comprar figuritas para el Belén en los mercadillos callejeros... «Lo increíble –apunta Pilar Herreros– es que estos chicos de 15 años no confiesen estos sentimientos a sus padres porque no quieren que sufran por ellos. Es el personal de enfermería que les acompaña diariamente al que convierten en sus verdaderos confidentes para transmitirles sus dudas, pero también sus miedos, su ira... Es una verdadera lección la que nos dan estos niños que no quieren mostrar su cara más triste a sus padres porque sienten que ya lo están pasando muy mal por culpa de su enfermedad».

Las doce uvas

Cuando llega la Nochevieja también hay cena especial que llevan los padres. Y, como no, las uvas. Si los niños se han dormido antes de las doce de la noche, las familias que pasan la noche con ellos se reúnen con el personal de enfermería en una sala y se toman sus uvas al son de cada campanada. El nuevo año comienza como terminó el pasado, con el firme deseo de que los niños respondan a sus tratamientos y se pongan pronto sanos. Al final se hace mucha piña entre unos y otros porque son muchas horas juntos y demasiadas las emociones fuertes que comparten.

Durante el día también hay un ir y venir de personas y niños de colegios que se preparan en el salón de actos del hospital para hacer actuaciones de baile, magia, concursos... pero, sin duda, el día más mágico es la tarde del 5 de enero.

El doctor Lucas de Mingo, cirujano del servicio cirugía pediátrica, se «encarga» del rey Melchor. «Los trajes que llevan son una verdadera maravilla y tienen muchos años. Al salón de actos pasan los tres Reyes Magos y los niños les adoran porque saben que son los auténticos. Primero se dirigen a ellos y a sus padres con un mensaje cargado de palabras de esperanza porque nunca deben perder la ilusión de cumplir sus deseos y metas».

La visita de los Reyes Magos

Después, los niños suben al escenario y se colocan a su lado o en sus rodillas para retratar el momento. Ninguno se queda sin foto. Más tarde, sus Majestades pasan habitación por habitación saludando a cada niño ingresado que no ha podido ir al salón de actos. Los Reyes les entregan su regalo y todos los niños se lo agradecen con un fuerte abrazo, menos los más pequeños que se asustan un poco al verlos.

Pilar Herreros explica que todos quieren juguetes. «No les piden que se curen porque los niños son niños y no quieren desperdiciar que les den un juguete, ya que no son conscientes de su enfermedad. Solo los más mayores conocen el significado de palabras como cáncer».

Las madres son las que más se emocionan cuando ven a los Reyes Magos que visitan a sus hijos. Es un encuentro muy entrañable y en sus cartas ellas sí que piden un único deseo: la curación de sus pequeños.


 

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