viernes, 23 de abril de 2010

!!!!Tiene solución¡¡¡¡

Estimado Fernando
por lo que me relata, parecería como que el bebé es un candidato para tx
intestinal
15 cm de yeyuno y colon izquierdo es lo que uno llama intestino ultracorto
lo importante ahora es el cuidado de las vías centrales y obviamente
empezar a conseguir un buen peso con la alimentación parenteral
mi numero de tel es 00549116524 3657
cualquier cosa que necesite no dude en llamarme
lamentablemente esto que les toca vivir ahora no es nada fácil pero tiene
SOLUCION
saludos
Rodrigo Sanchez Claria
rodrigo.sanchez@hospitalitaliano.org.ar
Hospital Italiano de Buenos Aires Argentina (http://www.hospitalitaliano.org.ar/)

Así de peligroso resulta...

viernes, 26 de marzo de 2010

¡¡¡Ayer inauguramos el Albergue!!!

Gracias a la voluntad de aporte social de Patricia y de Roberto disfrutamos ya de un confortable albergue para las madres de los recién nacidos de hospitalización prolongada. Esperamos que en poco tiempo éste se encuentre totalmente funcional. Un viejo sueño que se hace realidad.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Pues... ¡a moverse!

Let’s Move
Por Michelle Obama
Newsweek, 21 de marzo del 2010, pp. 30, 31.
Desde hace años sabemos que hay una epidemia de obesidad infantil en EE UU. Hemos escuchado que la tercera parte de nuestros hijos tiene sobrepeso u obesidad. Hemos visto los efectos del problema en sus sentimientos y autoestima, y conocemos los riesgos para su salud y nuestra economía: los miles de millones de dólares que gastamos, cada año, en tratamientos para enfermedades relacionadas con la obesidad, como padecimientos cardiacos, diabetes y cáncer.
Sin embargo, también sabemos que no siempre fue así. Cuando muchos de nosotros pequeños, llevábamos estilos de vida que nos mantenían en un peso bastante saludable. Caminábamos todos los días a la escuela, arriamos largas horas en el recreo, el gimnasio escolar y antes de cenar, comíamos alimentos preparados en casa que siempre parecían incluir por lo menos una verdura.
Hoy día, esas caminatas a la escuela han sido reemplazadas por autos y autobuses para muchos niños; las tardes de jugar en el parque han cambiado por sesiones de televisión, videojuegos e internet; y muchos progenitores trabajan más horas o tienen más de un empleo, de suerte que casi nunca pueden sentarse a compartir la mesa con sus familias.
Es evidente que entre las presiones en la economía actual y el incansable paso de la vida moderna, muchas veces perdemos de vista el bienestar de nuestros hijos.
Y seamos sinceros: ellos no son los responsables de todo esto. Nuestros niños no decidieron qué habían de servir en la cafetería escolar o si había que elegir entre la clase de gimnasia o recreo. Nuestros hijos no eligieron producir comestibles con montones de azúcar y sodio en tamaños colosales, para luego verse saturados de la publicidad mediática que los promueve. Y no importa cuánto nos insistan en un plato de comida rápida con dulces, nuestros niños no son los que deciden a la hora de cenar. Nosotros estamos a cargo. Nosotros tomamos esas decisiones.
Y en ello estriba la buena noticia: en que tomar la decisión de resolver el problema. Por eso hemos dado inicio a "Let's Move" ("Vamos a movernos"), campaña nacional que tiene el único objetivo de resolver el problema de obesidad infantil en una generación, de manera que los niños nacidos hoy puedan llegar a la edad adulta con un peso saludable.
Let's Move no intenta retroceder el tiempo a nuestra infancia o crear cenas de cinco platillos cada noche, pues nadie tiene el tiempo para eso. Y tampoco consiste en decir no a todo. Hay un lugar para las galletas dulces y el helado, para las hamburguesas y las papas fritas, pues todos son parte de la diversión de la infancia.
Let's Move es un programa para que las familias realicen cambios manejables que se adapten a sus horarios, presupuestos, necesidades y gustos; para dar a los progenitores las herramientas necesarias para tener una familia saludable y en buenas condiciones físicas, aumentándola en casa y la escuela de manera nutritiva —con más frutas y verduras frescas, más granos integrales y menos azúcar, grasa y sal. Es un programa para ayudar a que las tiendas de víveres den un servicio a las comunidades que no tienen acceso a aumentos frescos, y para encontrar nuevas estrategias para nuestros hijos mantengan una saludable actividad física en la escuela y el hogar.
No será fácil alcanzar todos estos objetivos y no es cosa que podamos corregir con un proyecto de ley en el Congreso o una orden ejecutiva del Presidente. He hablado del asunto con muchos expertos y ninguno ha dicho que la solución a la obesidad infantil sea pedir al gobierno que nos diga lo que debemos hacer.
Todo lo contrario. La solución estriba en lo que nosotros podamos hacer para que nuestros hijos lleven vidas activas y saludables; en padres y madres que tomen decisiones más sanas para sus familias; en alcaldes y gobernadores que contribuyan a desarrollar ciudades y estados más saludables; y en un sector privado que también haga lo que le corresponde: desde los fabricantes de alimentos que ofrecen opciones más nutritivas hasta los vendedores que entienden que los productos que benefician a los niños y sus familias, también pueden beneficiar al negocio.
Es por eso que he viajado por el país para hablar con diversos grupos, desde asociaciones de padres y maestros hasta fabricantes de alimentos, funcionarios públicos y empleados de cocinas escolares, para pedirles que sean parte de Let's Move. Y desde el inicio de esta campaña, varios proveedores escolares importantes han aceptado mejorar la calidad de sus alimentos y a duplicar su producción de frutas y verduras para atender las necesidades de nuestros hijos. Las compañías de bebidas más grandes del país han accedido a proporcionar información nutrimental más visible en los empaques de sus productos, así como en las máquinas expendedoras y fuentes de sodas. La Academia Estadounidense de Pediatría ha comenzado a instar a sus miembros a practicar la detección oportuna de obesidad en los niños y más aún, a escribir recetas detalladas que expliquen a los padres la manera de combatir el problema. También hemos abierto un sitio Web (LetsMove.org) con sugerencias sobre buena alimentación y condición física.
Estos cambios son sólo el principio y aún falta mucho camino por recorrer para alcanzar nuestros objetivos. Sin embargo, tengo confianza en que, si cada cual hace su parte y colabora con los demás, podremos garantizar que nuestros hijos no sólo tengan las oportunidades que necesitan para alcanzar el éxito, sino la fortaleza y resistencia para aprovechar esas oportunidades: para destacar en la escuela, seguir la carrera de sus sueños, cuidar de sus propios hijos y vivir el tiempo suficiente para conocer a sus nietos —tal vez hasta sus bisnietos. Tal es el objetivo de Let's Move y mi misión como primera dama.

martes, 23 de marzo de 2010

Aquí lo más labrado será incrementar la cobertura y disminuir el gasto: enorme reto...

Barack Obama promulgó la ley de la reforma sanitaria en EEUU
Fuente: EFE
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, firmó este martes la histórica ley de reforma sanitaria, que extenderá la cobertura médica a 30 millones de estadounidenses que carecían de ella.
"La ley que promulgo hoy pondrá en marcha reformas por las que generaciones de este país han luchado durante años", aseguró el presidente, en una ceremonia en la que estaban presentes los legisladores que promovieron la reforma y ciudadanos ordinarios que se beneficiarán de la medida.
Un Obama sonriente como quizá nunca desde el día de su investidura insistió en que "hoy, tras casi un siglo de pruebas, hoy tras más de un año de debate, hoy después de que se han contado todos los votos, la reforma del sistema sanitario se convierte en ley en Estados Unidos. Hoy".
El presidente, para el que la medida representa el mayor triunfo de su mandato y un logro que había esquivado a quienes le precedieron en el cargo, dedicó la firma, entre otros, a su madre, fallecida de cáncer y que "hasta los últimos días de su vida tuvo que pasarlos peleando con las aseguradoras".
En la ceremonia se encontraban, entre otros, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi; el líder de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid, y Vicky Kennedy, la viuda del senador Ted Kennedy, quien murió de cáncer el pasado agosto y fue uno de los mayores defensores de la reforma sanitaria en el Congreso.
Tras la firma, el presidente estadounidense tiene previsto desplazarse al departamento del Interior, donde pronunciará un discurso acerca del alcance de la reforma sanitaria frente a una audiencia de legisladores y de estadounidenses comunes y corrientes cuyas historias, según la Casa Blanca, ponen de relieve los beneficios que acarreará la medida.
Para no hacer sombra al evento, la Casa Blanca canceló un acto para presentar su nuevo plan antidrogas, en el que iba a participar el vicepresidente Joseph Biden, programado inicialmente para hoy.
Además, Obama no mantendrá a lo largo de la jornada otros actos públicos, pues incluso su reunión con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, será a puerta cerrada.
La Cámara de Representantes había aprobado la medida, valorada en 938.000 millones de dólares, el pasado domingo por 219 votos contra 212, tras un largo proceso de negociación. El Senado ya lo había hecho en diciembre.
El Senado tiene previsto comenzar a ver esta semana un proyecto de ley, que la cámara baja también aprobó el domingo, que incluye una serie de modificaciones a la norma promulgada hoy.
Obama tiene previsto desplazarse el jueves a Iowa City para pronunciar un discurso en el que defenderá la reforma, muy impopular entre un sector del público estadounidense, que otras cosas teme el impacto que vaya a tener en el déficit público.
La reforma, que amplía la cobertura médica a 32 millones de estadounidenses para 2019, pretende reducir los costos del cuidado de salud, e impone más exigencias a las aseguradoras.
A continuación se detallan los principales elementos de la reforma de salud de 940.000 millones de dólares, que se aplicará paulatinamente en los próximos diez años:
- Se amplía la cobertura médica a 32 millones de estadounidenses, o el 95% de las personas menores de 65 años que carecen de seguro.
- Exige que para 2014 la mayoría de los estadounidenses compre un seguro de salud o pague una multa anual que oscila entre 95 y 695 dólares para un individuo, y de hasta 2.085 dólares para familias.
- Establece "intercambios de seguro de salud", a través de los cuales los desempleados y familias pobres podrán comprar seguro con subsidios federales, y otros "intercambios" para las pequeñas empresas, a partir de 2014.
- Prohíbe que las aseguradoras nieguen cobertura médica a niños con condiciones médicas preexistentes, seis meses después de que entre en vigor la reforma, y prohíbe que nieguen esa cobertura a personas que se enfermen o padezcan condiciones médicas preexistentes, a partir de 2014.
- Los padres de familia podrán incluir a sus hijos en un plan médico familiar hasta que cumplan 26 años, a menos que éstos reciban cobertura a través de sus empleadores.
- Amplía el programa de Medicaid para incluir a más gente pobre (16 millones de personas adicionales), aunque deja en pie la espera de cinco años a los inmigrantes legales para entrar a ese programa. También excluye a los indocumentados de los "intercambios de salud", aunque estos paguen de su propio bolsillo.
- Alrededor de cuatro millones de ancianos y jubilados recibirán este mismo año 250 dólares para cubrir las recetas médicas cuando hayan agotado esos beneficios en el programa Medicare.
- Las empresas con menos de 50 trabajadores no afrontarán multas si no ofrecen seguro médico, pero las que tengan más de 50 empleados y no lo ofrezcan deberán pagar una multa anual de 2.000 dólares por cada empleado si éste solicita subsidios federales para comprar un seguro.
- Ofrece desgravaciones de hasta el 35 por ciento en sus costos de salud a empresas que ofrezcan seguro y tengan menos de 25 empleados y salarios promedio de menos de 50.000 dólares.
- Prohíbe que las aseguradoras cancelen un seguro médico de forma retroactiva, excepto en casos de fraude.
- Exige que las aseguradoras presenten informes sobre cuánto invierten en cuidado médico y cuánto en gastos administrativos, como parte de una mayor vigilancia del Gobierno en torno a los costos de salud.
- En 2013, aumentará los impuestos de Medicare para los más ricos e incrementará en un 3,8 por ciento los gravámenes sobre las ganancias por inversiones y plusvalías, intereses y dividendos de individuos con ingresos de 200.000 dólares y de familias con ingresos superiores a los 250.000 dólares.
- Incluye medidas para combatir el fraude y el derroche de fondos públicos en los programas de Medicare y Medicaid.
- Prohíbe el uso de fondos públicos para la práctica de abortos, salvo en casos de violación, incesto o que peligre la salud de la mujer. Ningún seguro médico tendría obligación de cubrir gastos de aborto.
- Generará una reducción neta en el déficit federal de al menos 143.000 millones de dólares en los primeros diez años de vigencia.

domingo, 21 de marzo de 2010

Impresionante y decepcionante....


UNA HISTORIA DE AUTISMO Y TERRORISMO
Por Rigoberto Aranda
Newsweek, 14 de marzo del 2010, 28, 29p.

Terrorismo es definido, en español, como cualquier actividad con la que se busca la dominación por el terror. También como una sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
Estados Unidos añadió a su definición oficial el que los objetivos sean personas no combatientes. Es decir, civiles inocentes, en términos coloquiales.
La historia del médico inglés Andrew Wakefield parece llenar esta definición.
En 1998, Andrew Wakefield, entonces médico del hospital Royal Free de Londres, junto a otros colegas, firmó un artículo publicado en la famosa revista médica The Lancet en el que afirmó que la vacuna triple viral (que inmuniza contra el sarampión, rubéola y paperas) estaba asociada al menos con 12 casos de autismo.
En dicho artículo, que causó revuelo mundial, Wakefield explicaba caso por caso la situación de cada menor y apuntaba directamente a la vacuna como la responsable. A partir de entonces, muchas familias dejaron de inmunizar a sus hijos, presas del miedo, y la incidencia del sarampión aumentó en muchos países.
Ahora, 12 años después, luego de una investigación exhaustiva, The Lancet anunció que retirará de sus archivos dicho estudio.
Sin embargo, como se ha documentado a lo largo de estos años, se convirtió en elemento fundamental para el crecimiento de una corriente global antivacunas, que ha encontrado en internet, campo ideal de propagación.
The Lancet decide ahora retractarse del estudio después de que el Colegio General Médico Británico acusara a su autor, Andrew Wakefield, de actuar "de forma deshonesta e irresponsable". Encontró que las conclusiones a las que Wakefield llegó eran falsas y los métodos empleados para realizar el estudio también.
Este organismo decidió abrir una investigación sobre el estudio después de que un periodista del diario The Times publicara que el médico británico había utilizado para sus ensayos a 12 niños con un sesgo imperdonable: fueron directamente seleccionados por un despacho de abogados, el cual llevó una demanda contra los laboratorios fabricantes de la vacuna, representando a una pareja interesada en obtener una fuerte suma como indemnización.
Los niños participantes en el estudio no provenían, tal y como dijo Wakefield, del servicio de gastroenterología del Hospital Royal Free Hospital de Londres. El Consejo Médico ha descubierto también que Wakefield llegó incluso a pagar a las familias de los pequeños para que se sometiesen a las pruebas.
The Lancet, además de retractarse del estudio, ha pedido disculpas por su publicación hace una década.

Influenza, monjas y antiimperialistas

Entre los activistas antivacunas destacan, más por su impacto mediático que por su credibilidad, una monja benedictina española y un euroconsejero aguerrido y acostumbrado a los reflectores.
Teresa Forcades, monja, médica y activista contra lo que ella llama "crímenes de las farmacéuticas internacionales", lanzó una campaña contra la vacunación de la gripe pandémica A/H1N1 mediante un video en YóuTube que alcanzó gran audiencia.
Forcades, autora también de "Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas" y "La teología feminista en la historia", expresa en el video su preocupación porque los gobiernos puedan declarar obligatoria la vacuna contra la gripe A/H1N1 debido, entre otras cosas, "al desconocimiento sobre sus efectos secundarios".
El video de 54 minutos de duración titulado "Campanas por la gripe A" fue subido a la red y circuló masivamente a través de correos electrónicos.
Forcades, vestida con su hábito y con el fondo del monasterio de San Benet, en Monserrat, Cataluña, plantea sus dudas acerca de la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) cuando, dice, se trata de una enfermedad con menos mortalidad que la gripe estacional.
"Si hay menos mortalidad, ¿cómo es que se puede declarar una pandemia?", se pregunta Forcades, que asegura citar varios informes y documentos oficiales para contrastar sus datos. Algo que, por cierto, no hizo. La monja benedictina es conocida en España por sus constantes ataques a la industria farmacéutica y autoridades sanitarias, basados en teorías de conspiración que rayan en lo paranoico, sin más sustento que el uso de terminología científica y lugares comunes.
Otro que sacó su red para pescar la oportunidad fue Wolfang Wodarg, miembro de la Asamblea del Parlamento del Consejo de Europa, quien vistió su última acción como parlamentario con una espectacular declaración de que la OMS se dejó sobornar por farmacéuticas en su gestión de la pandemia gripal.
Wodarg impulsó a nivel parlamentario una querella con el título "Una pandemia inventada (o falsa): una amenaza para la salud". La propuesta fue derrotada en la Comisión de Asuntos Sociales, Salud y Familia. Ello significa únicamente que no se tramitará por la vía de urgencia y que, tras un tiempo de reflexión, se podrá debatir.
Wodarg no había destacado para nada hasta ahora en su trabajo parlamentario, por dedicarse a temas relacionados con las amenazas biológicas. Es el presidente saliente de la subcomisión de Salud de la Asamblea y, de hecho, ya no es parlamentario: perdió su escaño en las recientes elecciones en Alemania y ha finalizado su etapa como tal el 25 de enero de este año.
Eso sí: se quiso despedir a lo grande: lanzar acusaciones —sin pruebas científicas al calce— sobre las relaciones de la OMS con las compañías farmacéuticas y al mismo tiempo, indicar que "se ha expuesto a millones de personas con buena salud a los riesgos de los efectos secundarios no conocidos de las vacunas que no han sido suficientemente estudiadas".
Terror puro. Publicidad para la monja y el diputado por igual.
Si regresamos a la definición de terrorismo, como "cualquier actividad con la que se busca la dominación por el terror" y también como "una sucesión de actos de violencia (en este caso, propagandística) ejecutados para infundir terror", más allá de los fines perseguidos, tanto Wakefield, como Forcades y Wodarg, cubren el perfil.
¿Cuántos niños, adultos vulnerables, personas mayores, quedaron sin protección por estas campañas?
Además del bien documentado brote de sarampión que se registró a nivel mundial luego de la resistencia de muchas familias a inmunizar a sus hijos, las personas todavía expuestas hoy al virus de la influenza A/H1N1 alcanzan millones.
Que no es tan letal como se creía, mejor. Pero de ahí a dejarse de vacunar por miedo...
Pero el hecho permanece: para el terror no hay vacunas, desafortunadamente.

martes, 16 de marzo de 2010

Los horarios del mes de abril (provisionales, claro)

Por favor revisen los cambios que he tenido que hacer en la última semana del mes de marzo, tiene por objeto que Eugenia pueda irse de vacaciones toda la semana. Tan solo les pedimos un poquito de colaboración a todos para ajustar esos horarios y así podamos trabajar mejor.

viernes, 5 de marzo de 2010

Hacinamiento...

Parece haber llegado el momento en que tanto las autoridades como el gobierno central deben sincerarse. Se requiere algo más que medidas cosméticas para combatir la sobresaturación de los hospitales públicos.

domingo, 21 de febrero de 2010

Eugenio Espejo, tal como lo vio Enrique Garcés: Médico y Duende

Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo nació el 21 de febrero (o por esos días) del año 1747, en un Quito empobrecido, aislado y provinciano.1 Su padre, Luis Santa Cruz y Espejo, puro indio quechua, natural de la región india de Cajamarca, Perú, llegó a Quito a los quince años como ayudante del sacerdote y médico belenita fray José del Rosario. Este último había sido llamado a Quito como médico encargado de La Misericordia, único hospital de la ciudad. El joven Luis Espejo se puso en relaciones y se casó con la mulata María Catalina Aldaz y Larraincar, natural de Quito e hija de liberto.2 Esta humilde pareja tuvo unos siete hijos, de los que sólo tres alcanzaron la edad adulta: Francisco Eugenio, nacido en 1747, Juan Pablo en 1752 y María Manuela nacida en 1757. Los dos últimos sobrevivieron a Francisco Eugenio. Éste, en una de sus obras, señaló la pérdida de un tercer hermano en 1764, de virue­las, y en otra aludió a "otras" hermanas.3

Así como hay discrepancias sobre la fecha de su nacimiento y sus antecedentes familiares, también se especula sobre el origen del apellido "Santa Cruz y Espejo". Fray José del Rosario, médico y patrón de Luis Espejo, declaró que éste se llamó primero Benítez, luego cambió este nombre por el indio Chusig y finalmente por el de Espejo.4 Alberto Muñoz Vernaza, desta­cado investigador ecuatoriano, manifestó que el apellido autén­tico era Espejo, y que el nombre Chusig (lechuza), era un apodo de Luis Espejo en Cajamarca antes de dirigirse a Quito. La parte del apellido "Santa Cruz", se añadió "por devoción", según fray José del Rosario.

1 El certificado de bautismo de Eugenio Espejo ha servido para fijarla fecha de su nacimiento, puesto que era costumbre bautizar al reciénnacido dentro de un día o dos. Ver Hornero Viteri Lafronte, "Un libro autógrafo de Espejo", Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de. Estudios Históricos Americanos, Quito, IV (1920), p. 340, en que se cita a Carlos Pérez Quiñones, Revista Ecuatoriana (septiembre de 1892).

2 Según Alberto Muñoz Vernaza, María Catalina Aldaz y Larraincar fue liberada por el presbítero don Antonio Aldaz. Ver "Obras de Espejo", La Unión Literaria, Cuenca (1913). Aunque este artículo no estaba a nuestra
disposición en Estados Unidos, fue conseguido en Ecuador por la me­diación atenta del doctor J. V. Trujillo, jefe ecuatoriano delegado en la Organización de las Naciones Unidas en 1957. Siendo el artículo una reproducción escrita a máquina, no ha sido posible establecer su pagi­nación primitiva. Por lo tanto todas las referencias se harán citando a Muñoz Vernaza pero sin indicar la página. Ha habido mucha especulaciónentre investigadores ecuatorianos respecto de su situación y color. Federico González Suárez se refirió a la madre de Eugenio Espejo como "mujer del pueblo" (Escritos, cap. I, pp. xi-x^), mientras que Hornero Viten Lafronte la llama "mestiza quiteña" (Viteri Lafronte, Boletín, IV, 1920), p. 337. En 1782, un contemporáneo dijo de la madre de Espejo "su madre fulana Aldaz, aunque es dudosa su naturaleza, pero toda duda recae en si es india o mulata". (Escritos, cap. II, p. xviii.)

3 Ver Escritos, cap. II, pp. 372-373 y cap. I, p. 208. El supuesto de Hornero Viteri Lafronte de que Eugenio Espejo tuviese cuatro hermanas no ha sido comprobado. Ver Boletín, Quito, IV (1920), p. 341, n. 1.

4 Al discutir el nombre indio de Luis Espejo, Federico González Suárez, su principal biógrafo, dio dos nombres de ortografía distinta —Chuzhill y Chushig— sin indicar nunca la razón del cambio. Ver Federico González Suárez, Historia general de la República del Ecuador (Quito, 1890-1903), cap. VII, p. 113, n. 31; Escritos, cap. I, pp. xi-xii.

Astuto, Philip Louis: Eugenio Espejo, Abrapalabra Editores, Quito, 1992, Tercera Edición, pp. 51, 52

jueves, 11 de febrero de 2010

Deprimente en verdad...

NOTICIAS DEPRIMENTES DE LOS ANTIDEPRESIVOS

POR SHARON BEGLEY CON SARAH KLIFF

Newsweek, 07 de febrero del 2010.

Aunque apenas comienza el año, ya ha surgido mi primer dilema moral. A principios de enero, un amigo mencionó que su resolu­ción de Año Nuevo era superar la depresión crónica de una vez por todas. A través de los años ha probado una fortuna en medicamen­tos antidepresivos y ninguno le ha ayudado de manera duradera; encima, cuando los efec­tos colaterales comenzaban a manifestarse obligándole a interrumpir el tratamiento, los síntomas de abstinencia (desde calambres, mareos y dolor de cabeza) eran insoportables. Por ello, me preguntó si en mis investigaciones había topado con algo que le ayudara a tomar la decisión de utilizar el nuevo antidepresivo que recetó el médico para disipar esa negra nube que no lo dejaba en paz.

El dilema moral es éste: sí, estoy al tanto de los más de 20 años de investigaciones con antidepresivos, desde los antiguos tricíclicos y los nuevos inhibidores selectivos de la recap­tación de serotonina (ISRS; Zoloft, Paxil y el abuelo de todos, Prozac, con toda su progenie genérica) hasta los más novedosos que tam­bién actúan en el nivel de la noradrenalina (Effexor, Wellbutrin). Las investigaciones han demostrado que los antidepresivos son útiles en casi la tercera parte de los pacientes depre­sivos que los usan, hallazgo consistente que es el argumento de un mantra ya conocido: "No hay duda de que la seguridad y eficacia de los antidepresivos se sustenta en sólidas evi­dencias científicas", como escribió hace poco Richard Friedman, profesor de psiquiatría del Colegio de Medicina Weill Cornell, en un edi­torial publicado por The New York Times. Sin embargo, desde un estudio seminal realizado en 1998, dichos hallazgos han sido apuntala­dos por una investigación señera presentada el mes pasado en The Journal of the American Medical Association (JAMA), donde el voca­blo evidencias va acompañado de un enorme asterisco. Es verdad que los fármacos son efi­caces en cuanto a que disipan la depresión de la mayoría de los tratados, pero ese beneficio es apenas poco más notable del que obtendrían si, a ciegas y como parte de un ensayo clínico, los mismos pacientes tomaran una gragea de azú­car, el famoso "placebo". Conforme aumenta la población científica enfocada en el estudio de la depresión y los fármacos que la combaten, sur­gen más y más "evidencias" de que los antide­presivos son, esencialmente, costosas pastillas para el aliento.

En ello estriba el dilema moral. El efecto placebo (es decir, el beneficio médico que se obtiene con una pastilla inerte o cualquier tra­tamiento ficticio) se basa en la santísima trini­dad de la creencia, la expectativa y la esperanza, pero decirle eso a un individuo deprimido que recibe apoyo con antidepresivos o (como mi amigo) que espera superar su problema con esas sustancias, es tanto como echar por tierra su casa de naipes. Explicarles que todo es una cuestión mental, que el beneficio que creen experimentar es como la pluma que el famoso elefante de Disney sujetaba con la trompa para volar (creyendo en que era necesaria), enton­ces la magia desaparece en un torbellino de polvo de hadas. Por eso, en vez de responder a mi amigo de esa manera, me dejé llevar por la cobardía. Claro, le dije, muchas investigaciones demuestran que ese nuevo tipo de antidepre­sivo puede ayudarte. Vamos, quiero mostrarte los estudios de PubMed.

Considero que no soy la única reacia moralmente a desmentir la literatura de los antide­presivos. El primer análisis de 1998 revisó 38 estudios patrocinados por fabricantes con una población total de más de tres mil pacientes deprimidos. Los autores, Irving Kirsch y Guy Sapirstein, investigadores en psicología de la Universidad de Connecticut, detectaron (como todos los demás) que los pacientes ciertamente mejoraban, a veces de manera significativa, con el uso de ISRS, tricíclicos e incluso inhibi­dores de la MAO, una clase de antidepresivos utilizada ya en la década de 1950. Y dicha mejo­ría, demostrada en infinidad de ensayos clíni­cos, es el fundamento de la generalizada afir­mación de que los antidepresivos realmente funcionan. No obstante, cuando Kirsch com­paró la mejoría de los pacientes que tomaban fármacos contra la de quienes tomaban place­bos (los ensayos clínicos suelen comparar la sustancia experimental con material inerte), la diferencia fue minúscula. Las poblaciones que consumían placebos mejoraban hasta 75 por ciento con respecto de los tratados con antide­presivos; en otras palabras, tres cuartas partes del beneficio de los antidepresivos estriba en el efecto placebo. "Nos preguntamos entonces qué sucedía", recuerda Kirsch, actualmente en la Universidad de Hull, Inglaterra. "Se suponía que esas sustancias eran fármacos milagro que ofrecían resultados tremendos".

¿La consecuencia del estudio? La cifra de estadounidenses que tomaban antidepresivos se duplicó al cabo de una década, de 13.3 millo­nes en 1996 a 27 millones en 2005.

Es indiscutible que esos fármacos han ayudado a decenas de millones de personas y Kirsch de ninguna manera aboga porque los pacientes con depresión suspendan sus medi­caciones. Todo lo contrario. Sin embargo, esas medicinas no son necesariamente la mejor opción inicial. Por ejemplo, la psicoterapia ofrece resultados en casos de depresión moderada, grave y muy grave; y aunque en algunos pacientes que combinan la psicotera­pia con un tratamiento inicial con antidepresi­vos a menudo obtienen mejores resultados, el problema es que nadie sabe cómo actúan los medicamentos. El estudio de Kirsch y ahora otros más, concluyen que la mayor parte del efecto de los medicamentos se debe a que los pacientes esperan que les ayuden y no estriba necesariamente en una acción química directa en el cerebro, sobre todo si no se trata de una depresión muy grave.

Como sugiere el inexorable incremento en el uso de antidepresivos, semejante conclu­sión nada puede contra una afirmación simplista como "los antidepresivos funcio­nan" (corolario tácito: "pero no pregunte cómo"). Parte de la resistencia a los hallazgos de Kirsch se debe a su poco modesta actitud —el autor no se granjeó muchos amigos con el provocativo título del reportaje: "Dicen Prozac, pero escucha Placebo" —y tampoco inspiró confianza el hecho de que los editores de la revista Prevention & Treatment publicaran una advertencia en el artículo, diciendo que los autores habían utilizado el metanálisis "de manera controversial". Aunque algunos de los seis comentarios acom­pañantes concordaban con Kirsch, otros más fueron bas­tante hirientes, acusándolo de tendencioso y sosteniendo que los estudios analizados eran defectuosos, extraña acusación por parte de los defensores de los antidepresivos, dado que esos estudios fueron justamente el cimiento para la deci­sión de la Agencia de Alimentos y Medica­mentos (FDA) para aprobar los fármacos. Sin embargo, fue imposible refutar una crítica: Kirsch había analizado sólo unos cuantos estudios con antidepresivos y tal vez, si los incluía todos, los fármacos saldrían mucho mejor librados que los placebos.

Kirsch estuvo de acuerdo y de pronto, reci­bió una carta de Thomas Moore, quien por entonces era el analista de políticas sanitarias de la Universidad George Washington. Podría ampliar su conjunto de datos, sugirió Moore, si incluye todo lo que la industria farmacéutica envía a la FDA —estudios publicados como los que analizó en su trabajo, pero también los no publicados. En 1998, Moore invocó la Ley de Libertad de Información para obtener esos datos de la FDA. El total ascendió a 47 estu­dios patrocinados por compañías (sobre Pro­zac, Paxil, Zoloft, Effexor, Serzone y Celexa) los cuales Kirsch y sus colegas no tardaron en revisar (como comentario al margen, resulta que del total de ensayos clínicos, casi 40 por ciento nunca había sido publicado —cifra sig­nificativamente superior a la observada con otras sustancias, comenta Lisa Bero de la Universidad de California en San Francisco; en general, 22 por ciento de los ensayos clínicos con fármacos jamás llegan a la imprenta. "En buena medida", dice Kirsh, "los estudios no publicados no consiguen demostrar un bene­ficio significativo con el consumo del medica­mento en cuestión"). Según informaron Kirsch y sus colegas, en 2002, en poco más de la mitad de los estudios publicados y no publi­cados los fármacos aliviaron la depresión con casi la misma intensidad que el placebo. "Y el beneficio adicional de los antidepresivos fue menor al observado cuando analizamos sólo los estudios publicados", recuerda Kirsch. En resumidas cuentas, el placebo tuvo una eficacia de alrededor de 82 por ciento con respecto de la respuesta a los antidepresivos (y no 75 por ciento, como calculara sobre la base exclusiva de los estudios publicados).

Entre tanto, tampoco había mucho que cele­brar con el efecto adicional de los fármacos reales, pues representaba apenas 1.8 puntos en la escala de 54 puntos que utilizan los médi­cos para valorar la gravedad de una depresión (consistente en preguntas sobre estado de ánimo, hábitos de sueño y otras donde la mejo­ría del sueño equivale a seis puntos y el control de la inquietud durante la entrevista vale dos puntos). En otras palabras, la significación clí­nica de los 1.8 puntos adicionales de los fárma­cos activos no tenían rele­vancia. En ese momento, Kirsch quedó convencido. “La creencia de que los antidepresivos curan quí­micamente la depresión es completamente equi­vocada", me dijo en enero, la víspera de la publica­ción de su reciente libro The Emperor's New Drug Exploding the Anti-Depressant Myth.

El estudio de 2002 precipitó un debate feroz, pero cada vez más científicos comenzaron a convencerse de que Kirsch (quien goza de enorme respeto por sus investigaciones sobre la respuesta placebo y ha publicado infinidad de artículos científicos) estaba en lo justo. Un equipo de investigadores cuestionó si los antidepresivos eran "un triunfo de la mercadotecnia sobre la ciencia" e incluso los defen­sores de los antidepresivos reconocieron que esas sustancias tenían efectos "relativamente pequeños". "Desde hace mucho que ha dejado de impresionar la magnitud de las diferencias observadas entre tratamientos y controles...", escribieron Steven Hollon y sus colegas inves­tigadores en psicología de la Universidad Van-derbilt,"... lo que algunos de nuestros colegas denominan 'el sucio secreto'". De hecho, la dependencia gubernamental británica que evalúa los tratamientos que ofrecen la efica­cia suficiente para recibir subsidios estatales, ha dejado de recomendar los antidepresivos como tratamiento de primera línea, sobre todo en depresión leve o moderada.

Con todo, aunque los expertos saben que los antidepresivos son apenas mejores que los pla­cebos, pocos pacientes y médicos están entera­dos de este hecho. Algunos doctores han cam­biado sus hábitos de prescripción, comenta Kirsch, pero cada vez más "responden con indignación e incredulidad". Cosa por demás comprensible. Para empezar, la depresión es una enfermedad devastadora, mal diagnosti­cada y peor tratada; y como es obvio, la comu­nidad médica se niega a aceptar la posibilidad de que las sustancias utilizadas en su trata­miento sean un fraude porque, en tal caso, ¿cómo pueden ayudar a sus pacientes?

Pero hay otros dos elementos que con­tribuyen al rechazo de los hallazgos de Kirsch (y ahora, de otros científicos). Primero, los defen­sores de los fármacos no pueden creer que la FDA apruebe el uso de medicamen­tos ineficaces (una explicación sencilla: la FDA requiere de dos ensayos clínicos bien diseñados que demuestren que una sustancia es más efi­caz que un placebo. Dos y nada más -aunque haya muchos otros estudios que desmientan dicha eficacia. Además, las dimensiones de esa "mayor efi­cacia" no interesan, siempre que los resulta­dos tengan significancia estadística). Segundo, los médicos han visto con sus propios ojos y sentido en carne propia que los fármacos disipan las negras nubes que abruman a muchos de sus pacientes deprimi­dos. Sin embargo, como los médicos no tienen la costumbre de recetar placebos, no poseen experiencia comparando cómo funcionan en sus pacientes y por consiguiente, nunca aceptarán que un placebo sea casi tan eficaz como una pastilla que cuesta cuatro dólares. "Cuando recetan un tratamiento y éste funciona", señala Kirsch, "la conclusión natural es atribuir la cura al tra­tamiento". De allí que persista el generalizado refrán de que "los antidepresivos funcionan".

Las compañías farmacéuticas no disputan las estadísticas agregadas de Kirsch, aunque señalan que el promedio está compuesto por algunos pacientes que manifiestan el efecto real del antidepresivo y otros que no. Como dijo un portavoz de Lilly (fabricante de Prozac): "La depresión es una enfermedad altamente individualizada" y "no todos los pacientes responden igual a un tratamiento particular". Además, agrega otro representante de Glaxo-Smith-Kline (GSK; productor de Paxil), los estudios analizados en el artículo de JAMA difieren de los estudios que GSK presentó a la FDA cuando recibió la aprobación para Paxil, "de modo que es difícil hacer comparaciones directas entre los resultados. Este estudio con­tribuye a las abundantes investigaciones que han contribuido a caracterizar el papel de los antidepresivos", que "junto con la asesoría y el cambio en el estilo de vida, son una opción importante para el tratamiento de la depre­sión". Un vocero de Pfizer, creador de Zoloft, también citó la "abundancia de evidencias científicas que documentan el efecto [de los antidepresivos]", y añadió que el hecho de que el efecto de los antidepresivos "suela pare­cerse al del placebo" es "un asunto bien conocido por la FDA, la academia y la industria". Por último, hubo fabricantes que señalaron que Kirsh y los autores de JAMA no estudia­ron sus marcas comerciales. Con todo, incluso el análisis de Kirsch reveló que los antidepresivos son apenas más efica­ces que el placebo (los famosos 1.8 puntos en la escala de depresión), de modo que es posi­ble que Prozac, Zoloft, Paxil, Celexa y demás tengan algún efecto químico que no existe con el placebo —aunque la pequeña ventaja de los fármacos reales con respecto del placebo bien podría no ser lo que parece, me explicó Kirsch una tarde, durante una llamada telefónica desde su hogar en Hull. Analicemos el ejercicio de la investigación farmacoló­gica. Primero, se dice a los voluntarios que recibirán la sustancia o un placebo y que ni ellos ni los cientí­ficos saben quién recibirá qué. La mayoría de los voluntarios espera recibir la sustancia, en vez del pla­cebo y después de ingerir el medicamento descono­cido durante cierto tiempo, algunos voluntarios expe­rimentan efectos colatera­les. ¡Lotería! Primera pista de que reciben la sustan­cia en estudio. Casi 80 por ciento de esas suposiciones son correctas y conforme se desarrolla el estudio, la mayor severidad de los efectos colaterales refleja la mayor eficacia de la sustancia. Entonces, los pacientes piensan que la medicina es tan poderosa que le causa vómi­tos y pérdida del apetito sexual, así que debe ser lo bastante fuerte para acabar con su depre­sión. En suma, cuando los pacientes de un ensayo clínico descubren que están recibiendo la sustancia en estudio en vez del placebo, las expectativas se disparan.

Esto es importante, porque la eficacia de un tratamiento estriba en buena medida en la confianza (que es la base del efecto placebo). De tal manera, los pacientes que adivinan correc­tamente que reciben la sustancia en estudio experimentan un efecto placebo más intenso que los que reciben la pastilla inerte, no expe­rimentan efectos y en consecuencia, se decep­cionan. Esto podría explicar la discreta ventaja de los antidepresivos con respecto del placebo —una ventaja que no deriva de las moléculas químicas, sino de la esperanza y expectativa de los pacientes que participan en los ensayos far­macológicos y adivinan que están recibiendo la sustancia en estudio.

El niño que dijo que el emperador no llevaba ropa no se congració con el resto de la plebe y lo mismo le ha ocurrido a Kirsch. En 2002 concluyó una incipiente cola­boración con un científico de una escuela de medicina cuando éste reci­bió la amenaza de no presentar una solicitud de beca junto con Kirsch si quería volver a recibir fondos algún día. Al cabo de cuatro años, otro científico escribió un artículo cuestio­nando la eficacia de lo antidepresivos y citando la obra de Kirsch. El docu­mento fue publicado en una revista de prestigio, cosa que habitualmente se recibe con elogios de sus colegas. Pues bien, el director de su departamento lo llamó a rendir cuentas y luego de reprenderlo, le advirtió que no vol­viera a relacionarse de manera alguna con Kirsch.

No obstante, la interrogante de si los antidepresivos (que en 2008 alcan­zaron ventas de 9.6 mil millones de dólares en EE UU, según la consul­tora IMS Health) tienen algún efecto real es demasiado importante para ahuyentar a los investigadores, y los proponentes de estas sustancias pre­sentan argumentos cada vez menos convincentes. El más reciente es que los antidepresivos son más eficaces que el placebo en pacientes que pade­cen la depresión más grave.

Tal fue la conclusión del estudio JAMA publicado en enero. Tras el análisis de seis grandes experimentos en los que, como siempre, los pacientes deprimidos recibieron la sustancia en estudio o un placebo, el efecto de la sal activa (es decir, adicional al efecto placebo) fue "de inexistente a insignificante" en pacientes con depresión ligera, moderada o incluso grave, y sólo los pacientes con sínto­mas muy graves (calificación de 23 ó más en la escala estándar) presentaron una mejoría estadísticamente significativa con el fármaco. Estos pacientes representan alrededor de 13 por ciento de la población general con depre­sión. "La mayoría de las personas no necesita una sustancia activa", sentencia Hollon de la Universidad Vanderbilt, uno de los coauto­res del estudio. "Para muchos, una pastilla de azúcar o una charla con el médico es tan bene­ficiosa como el medicamento. En esos casos no importa qué se haga; lo importante es hacer algo". Sin embargo, considera que la situación de los pacientes con depresión muy grave es distinta. "Mi impresión personal es que el efecto placebo hace mucho, pero en individuos con estados muy graves o crónicos es difícil controlar el cuadro y los placebos son poco adecuados", concluye Hollon. Y la razón sigue siendo un misterio, confiesa el coautor Robert DeRubeis, de la Universidad de Pensilvania.

Como todos los científicos que han tocado las traicioneras aguas de la investigación con antidepresivos, Hollon, DeRubeis y sus colegas son muy conscientes de la disparidad entre evidencias e impresión pública. "Los tratantes, responsables de políticas y consumidores desconocen que la eficacia [de los antidepresivos] se ha determinado, eminentemente, mediante estudios que incluyeron pacientes con las formas más graves de depresión", algo que la publicidad no menciona, señalan en el artículo. Los individuos que no tengan una depresión muy grave "derivan pocos beneficios farmaco­lógicos específicos del medicamento en estu­dio. En espera de hallazgos contrarios a los aquí presentados... es necesario renovar esfuerzos para esclarecer el beneficio farmacológico para la mayoría de los pacientes".

Al llegar aquí, el lector frunce el ceño y se pregunta cómo es posible que los antidepresivos (en particular los que elevan los nive­les cerebrales de serotonina) no tengan un efecto químico directo en el cerebro. Sin duda la eleva­ción de los niveles de serotonina corregiría el "desequilibrio quí­mico" de las sinapsis y disiparía la depresión. Por desgracia, la teoría del déficit de serotonina como causa de la depresión se sustenta en el aire. El nacimiento de la teoría es una historia digna de contarse, pero limitémonos a sus aspectos centrales: en la década de 1950 unos científicos descubrieron, por mero acci­dente, que un fármaco llamado iproniazida parecía ayudar a las personas que sufrían de depre­sión. La iproniazida eleva los nive­les cerebrales de serotonina y noradrenalina; en consecuencia, los niveles bajos de esos neurotransmisores debían ser la causa de la depresión. Luego de más de 50 años, la supuesta eficacia de los antidepresivos para incrementar dichos niveles sigue siendo el principal argumento de la teoría del desequilibrio químico causante de la depresión; pero la teoría no puede susten­tarse en ausencia de dicha eficacia y tampoco hay evidencias directas, porque la disminu­ción de los niveles de serotonina no cambia el estado de ánimo de los voluntarios. Encima, el nuevo fármaco tianeptina (a la venta en Fran­cia y otros países, pero no en Estados Unidos) resulta ser tan eficaz como otros antidepresivos del tipo Prozac, los cuales mantienen las sinapsis bien lubricadas de serotonina. ¿Cuál es su mecanismo de acción? Reduce los niveles cerebrales de serotonina. "Si las sustancias que incrementan los niveles de serotonina afec­tan la depresión tanto como los fármacos que disminuyen dicho neurotransmisor", postula Kirsch, "es imposible atribuir los supuestos efectos a su actividad química".

¿Acaso los antidepresivos resultarían más eficaces en dosis más altas? Por desgracia, en su estudio de 2002 Kirsch y colegas descubrie­ron que las dosis elevadas tienen casi la misma eficacia que las dosis más bajas, pues la califi­cación de la escala depresiva de los pacientes mejora de un promedio de 9.97 puntos a 9.57 puntos: diferencia que no tiene significación estadística. Y no obstante, muchos tratantes aumentan la dosis cuando el enfermo no res­ponde a una dosis baja, y muchos pacientes informan sentirse mejor. Pues también hay un estudio para esto. Cuando los investigadores administraron una dosis superior a los suje­tos que no respondían a la terapéutica, 72 por ciento mejoró mucho y sus síntomas disminu­yeron 50 por ciento o más. ¿El problema? Sólo la mitad de los pacientes recibió, realmente, una dosis mayor. El resto, sin saberlo, recibió la dosis original "ineficaz". Así, es difícil explicar el 72 por ciento que mejoró mucho con supues­tas dosis más elevadas, excepto por un incre­mento en sus expectativas: "El doctor elevó mi dosis, así que creo que me sentiré mejor".

Algo así podría explicar por qué ciertos pacientes que no responden a un antidepresivo mejoran con una segunda o tercera sustancia. Esto, que a menudo se describe como "correla­cionar" al paciente con el medicamento, pare­ció quedar confirmado en un estudio federal estadounidense implementado en el año 2006 y denominado STAR*D. Los pacientes que seguían padeciendo de depresión luego de recibir un fármaco, fueron cambiados a un segundo medicamento; los que no mejoraron recibieron un tercer fármaco e incluso una cuarta sustancia. Es suma, no usaron place­bos. A simple vista, los resultados encendieron una llama de esperanza: 37 por ciento de los pacientes mejoró con el primer medicamento, 19 por ciento con el segundo, 6 por ciento con el tercero y 5 por ciento más con el cuarto (sin embargo, la mitad de esta población recayó en menos de un año).

Ahora bien, ¿STAR*D valida la idea de que el secreto de un tratamiento eficaz contra la depresión es correlacionar al paciente con el medicamento? Quizás. O bien, podría ser que las personas que participaron en la segunda, tercera y cuarta rondas mejoraron en su cua­dro depresivo porque hubo cambios en sus vidas o porque la intensidad de la depresión aumenta y disminuye con el tiempo. Dado que ningún sujeto del estudio STAR*D recibió pla­cebo, es imposible concluir con alguna certeza si las mejorías causadas en las rondas dos, tres y cuatro se debieron a que los pacientes cambiaron a una sustancia más eficaz para su caso; es posible que se hubieran obtenido los mismos resultados utilizando un placebo, ¿ver­dad? Pero STAR*D no llevó ese control y en consecuencia, no puede descartar por completo la posibilidad.

Resulta tentador analizar la capacidad del efecto pla­cebo para aliviar la depresión y anteponer un "sólo" en las indicaciones —por ejemplo, las sustancias sólo actúan mediante el efecto placebo. Sin embargo, nada hay de "sólo" en la respuesta placebo, la cual puede ser muy perdura­ble, como reveló un estudio de 2008: "La percepción genera­lizada sobre la brevedad de la respuesta placebo en la depre­sión se fundamenta, en gran medida, en la intuición y el pensamiento ilusorio", escri­bieron los científicos en Jour­nal of Psychiatric Research. La fuerza de la respuesta placebo hace enloquecer a las compa­ñías farmacéuticas porque dificulta mucho demostrar la superioridad de un nuevo medicamento. Por ejemplo, la respuesta a los medicamentos para el dolor, el asma y el síndrome de colon irrita­ble incluye un importante componente pla­cebo, y lo mismo sucede con los tratamientos para padecimientos cutáneos como dermatitis o incluso, la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, comparada con el componente placebo de los antidepresivos, la respuesta pla­cebo de dichas sustancias es una fracción más pequeña —digamos, 50 por ciento para el caso de los analgésicos, por ejemplo.

Lo que nos lleva de nuevo al dilema moral. Se calcula que, un año cualquiera, 13.1 a 14.2 millones de adultos estadounidenses sufren de depresión clínica; por lo menos, 32 millo­nes padecen el trastorno en algún momento de la vida; gran parte del 57 por ciento que recibe tratamiento (los demás no se atienden) obtiene beneficios de la medicación; y a fin de que persistan los beneficios, esos pacientes deben depositar toda su fe en las pastillas. De hecho, el propio Kirsch advierte en su libro (en negritas) que los pacientes que tomen tratamiento antidepresivo no deben suspen­derlo repentinamente, puesto que podrían experimentar graves síntomas de abstinencia como calambres, temblores, visión borrosa y náusea, amén de depresión y ansiedad. No obstante Kirsch sabe muy bien que su libro (a la venta esta semana) podría tener el mismo efecto en los pacientes que las multitudes que observaban al elefante de Disney diciéndole que la "pluma mágica" realmente no le daba el poder de volar: Dumbo se vino al suelo. Aun­que amigos y colegas opinan que Kirsch está en lo cierto, muchos se preguntan por qué no cierra la boca, ya que si publicita su hallazgo sobre la eficacia de los antidepresivos (que depende de las esperanzas y expectativas del paciente) podría repercutir seriamente en la eficacia terapéutica. Está bien señalar que la psicoterapia es más eficaz que las pastillas o los placebos, y que ofrece una menor tasa de recaídas. Pero no debemos olvidar el pequeño detalle de la realidad. Los pacientes estadounidenses con depresión reciben atención de médicos de primer nivel, no de psiquiatras —los cuales escasean, sobre todo fuera de las ciudades y particularmente los especializados en niños y adolescentes. Por otra parte, muchos planes de seguro desalientan este tipo de intervencio­nes y muchos psiquiatras no aceptan asegu­rados. Por ello, es posible que mantener a los pacientes en la ignorancia sobre la eficacia de los antidepresivos sea lo más conveniente, sobre todo para quienes esas sustancias representan su única esperanza. O tal vez no. Como demuestra la crítica explícita contra la indus­tria farmacéutica por parte de los autores de un reciente artículo publi­cado en JAMA, cada vez son más los cientí­ficos que creen que ha llegado el momento de abandonar la política de "no preguntes y no res­pondo", y profundizar en las causas de la supuesta eficacia de los antidepre­sivos. Quizá ya sea hora de desvelar el misterio y averiguar en qué con­siste el truco mágico. En cuanto a Kirsch, insiste en la importancia de saber que gran parte del beneficio de los antidepresivos depende del efecto placebo y si los placebos mejoran a las personas, entonces es posible tratar la depre­sión sin fármacos que conlleven graves efectos secundarios, por no hablar del costo. Según él, el reconocimiento general de que los anti­depresivos son la versión farmacéutica de la "ropa nueva del emperador" podría conducir a los pacientes hacia otras terapéuticas. "¿Acaso la verdad no es lo más importante?", pregunta. A juzgar por los efectos de su trabajo, es difícil evitar la respuesta de: "No para muchos".


Aquí el link para que descarguen el archivo de JAMA al que hace referencia el artículo de Newsweek: http://www.megaupload.com/?d=8DRU92FY

jueves, 4 de febrero de 2010

Increíble... pero, ¿es cierto?

LAS "BENDICIONES OCULTAS" DE LA GUERRA MODERNA

Por Barrett Sheridan
Newskeek, 31 de enero del 2010

Sin duda la guerra es un infierno, pero parece que el infierno no es tan malo para la salud, después de todo. Según un reciente estudio, la tasa de mortalidad registrada durante los conflictos armados de la década de 1970 disminuyó. Claro, esto no significa que la guerra, por sí sola, conduzca a una mayor expectativa de vida. Todo lo contrario, la principal causa de dicha mengua es que el conflicto se ha convertido en motor de grupos humanitarios internacionales que incrementan sus esfuerzos en las naciones pobres y han realizado, en muy poco tiempo, verdaderos milagros en salud pública. Tomemos el caso de la República Democrática del Congo, donde apenas 20 por ciento de los niños recibió la vacuna contra el sarampión en 1997, cuando inició una década de guerra civil. Para el año 2007, la cifra había saltado a 80 por ciento. Y la medición de otras iniciativas de salud, desde tratamiento para desnutrición hasta distribución de mosquiteros, apunta a un curso similar. “Vivir en un campamento para refugiados nada tiene de divertido”, señala Andrew Mack, profesor de la Universidad Simon Fraser y principal autor del estudio. “Pero la tasa de mortalidad de muchos de esos campamentos es menor que antes de la guerra”. Por supuesto, eso no es motivo para congratularnos por la guerra, pero sí para derivar cierto consuelo en el hecho de que la cuenta de víctimas es menor.